Dante Bobadilla

A asumir las culpas

Hemos dejado que la izquierda imponga sus mentiras y leyendas

A asumir las culpas
Dante Bobadilla
23 de junio del 2021


La imagen más tenebrosa que recuerdo de la televisión nacional es la de Abimael Guzmán en la noche de su captura, señalándose la cabeza mientras dice, mirando a la cámara con mirada amenazante: “Lo que hay acá nadie lo borra jamás”. Nos estaba diciendo que su guerra no solo era armada sino también ideológica. Pero nadie le prestó atención. Muchos creyeron que el terrorismo era un asunto militar o policiaco y que ya estaba concluido.

Hoy, 28 años después, tenemos una democracia en escombros, los partidos destruidos, el Estado en manos de la izquierda y el país a punto de ser gobernado por el neosenderismo magisterial y el comunismo. Deberíamos preguntarnos ¿por qué pasó todo esto? 

Luego de la captura de la cúpula terrorista quedaron sus contingentes y muchos anónimos simpatizantes. Esa izquierda empezó silenciosamente su tarea de reconversión. La lucha fue asumida entonces por las oenegés de derechos humanos, que se ocuparon de defender legalmente a los terroristas y perseguir militares y fujimoristas. Paralelamente, se apresuraron a limpiar el escenario montando un conveniente relato para cambiar la historia y la verdad, borrar la memoria frágil de los peruanos, y hacer que sus odios y rencores se dirijan no hacia la izquierda causante del terror, sino hacia el fujimorismo. 

Hoy, nadie menor de 45 años es consciente del terror que desataron las huestes criminales de Sendero Luminoso y el MRTA. No recuerdan la debacle del Estado, la crisis de la economía ni la desolación del país en 1990. Todo lo que han aprendido ha sido el relato de la izquierda. 

En el gobierno de Toledo la izquierda planificó su estrategia. Mientras los fujimoristas eran perseguidos y encarcelados incluso sin juicio, los terroristas eran liberados, vueltos a juzgar para reducirles las penas, indemnizados y hasta homenajeados. Luego fueron convertidos en “víctimas” de un Estado genocida que pasó a ser enjuiciado por las oenegés. La estrategia fue limpiar a la izquierda, iniciar la historia en los noventa señalando al fujimorismo como un movimiento genocida y corrupto. Así les fue enseñado a los jóvenes. Y ese aprendizaje fue resumido en una sola frase convertida en consigna: “fujimorismo nunca más”.

Nadie hizo nada para contar la verdad. Al contrario, todos se pusieron el uniforme oficial del antifujimorismo. Las oenegés penetraron los medios como guías espirituales de la democracia. Había empezado el lavado cerebral de las nuevas generaciones para inculcarles ya no la ideología del terror, como antaño, sino el activismo social contra los noventa. Así, la guerra popular contra el Estado burgués de los setenta se convirtió en movilización social contra el Estado neoliberal, el modelo económico, la Constitución de 1993 y el fujimorismo.

En esos días, durante mi actividad docente, llegó a mis manos un material titulado “Plan nacional de salud mental y cultura de paz 2005-2010” que el Minsa repartía como pan caliente. Al leerlo quedé pasmado por los disparates que se decían. Era básicamente un panfleto político ideológico dirigido al adoctrinamiento. Sostenía, por ejemplo, que la pobreza era la causa de los problemas mentales, y que una población movilizada permanentemente en defensa de sus derechos sociales era la mejor señal de una buena salud mental, entre una serie de barbaridades por el estilo. El Perú estaba siendo adoctrinado descaradamente por un Estado infestado de ideólogos baratos de izquierda. Fue entonces cuando decidí involucrarme en la lucha escribiendo desde un modesto blog. 

Con la pasividad y complicidad general, finalmente se impuso el relato de la izquierda en reemplazo de la verdad histórica. La época de terror fue descaradamente ampliada hasta el 2000 y llamada “período de violencia”. La palabra “terrorismo” fue eliminada del idioma. Quien se atreva a usarla hoy es estigmatizado como “terruqueador”. La “memoria histórica” se concentró en los noventa y se creó el monstruo del fujimorismo a base de mitos, mentiras, farsas judiciales, caricaturas, bullying, etc., hasta hacerlo parecer el mayor de los males. Así formaron a las últimas generaciones. Tratar de razonar con ellos es tarea imposible.

Sin rivales, la izquierda fue creciendo con cada gobierno de este siglo, hasta que con Vizcarra la dictadura se entronizó con descaro obsceno. Se inició una persecución política estalinista que abusó del derecho y de las prisiones sin juicio, se aniquilaron personajes mediante el sicariato mediático y el manoseo del sistema de justicia, se manipuló a la prensa, se utilizaron hordas callejeras para controlar el poder y pisotear el estado de derecho, se encubrió la corrupción y el país entero se envileció como nunca antes. En medio de tal descomposición nacional, no debería sorprendernos que las elecciones hayan sido fraudulentas.

Y todo esto pasó porque los dejamos, porque pocos alzamos la voz mientras la izquierda se adueñaba del relato, de la historia, de la verdad, de la moral, de la educación, de la prensa, del Estado y de la ley. Hubo muy escasas trincheras de batalla como El Montonero y uno que otro medio que fueron permanentemente saboteados por la izquierda. Ellos capturaron la gran prensa y echaron a Aldo Mariátegui de Correo sin que nadie diga nada. Muy tarde apareció Willax en la lucha política. Hoy la derecha necesita replantear sus estrategias más allá de sus cruzadas contra el aborto y el matrimonio gay. Tienen que salir de su burbuja. Los liberales somos un sector reducido pero creciente de personas que no le caen bien a la izquierda ni a la derecha, pero nunca dejaremos de bregar por las libertades y la racionalidad objetiva. 

Y dicho todo esto, lo dejo acá. Este es mi último artículo para El Montonero. Agradezco infinitamente a su director por el tiempo y el espacio que me otorgó. Fueron seis años con más de trescientos artículos que quedarán allí, como testimonio de nuestra lucha. Hasta siempre.

Dante Bobadilla
23 de junio del 2021

COMENTARIOS