Carlos Adrianzén

Una batalla tras otra

Habrá que defender al Perú, año tras año

Una batalla tras otra
Carlos Adrianzén
22 de abril del 2026

 

El desmadre explotó, otra vez. Luego de una accidentada –e inconclusa– primera vuelta, esta semana transitamos en medio de un abierto caos político. Un dólar nervioso, actas en los tachos, mesas de votación extrañas, un gabinete con investidura exprés, oenegés que fungen de encuestadoras y centros de votación en la capital que se instalan por minutos.

Todo esto y más, describe una etapa ulterior de deterioro del sistema electoral. Aparecen las discrepancias y contradicciones entre el JNE y la ONPE; y hasta no faltan personajes agradecidos que, sueltos de huesos, sostienen que este caos es una invención. Que lo sucedido solo sería parte del marketing de una conspiración. Y que la elección fue tan diáfana y pura como… la del 2021; mientras algunos –haciendo gala de candidez supina– publican asustados el usual mapa rojo basado en las supuestas votaciones de la primera vuelta. Pero el fondo, en muchos casos, es simple.

 

Usted no entenderá nada si no sabe dónde está parado

Nada de lo que sucedió –desde el inicio de la campaña electoral a la fecha– implicó algo impredecible. Luego de una década de gobiernos de centro y extrema izquierda, nuestro marco institucional ha quedado dañado. Aunque no resulte popular destacarlo y enfocar las cifras del Banco Mundial sobre el descontrol de la corrupción burocrática peruana, lo cierto es que estas son mucho peores de lo que se suponía. Ya caemos dentro del rango de scores deplorables a nivel global.  Así, con una burocracia extremadamente corrupta, no podemos ofertar muchos servicios públicos sin severa turbidez.

Pero nótelo: no somos así exclusivamente por las oscuras gestiones de los Humala, Kuczynski, Vizcarra, Sagasti, Castillo, Boluarte y otros. Lo somos porque –desde el norte al sur del país– incumplimos las leyes, toleramos los abusos estatales, y elegimos impresentables; o soportamos que nos los impongan en gestiones electorales extrañas. 

Vivimos calladitos en una sociedad corrupta. Normalizamos algo así como la segunda fase del cubanoide velascato. Y esto no es algo menor. Implica per se mayor pobreza, frustración social, informalidad, desinversión y –lo que resulta peor– menor crecimiento de largo plazo y flujos de inversión extranjera directa por persona casi nulos. Hemos llegado a tal estadio de corrupción burocrática que -en las discusiones cotidianas- esto no se enfoca. 

Nada sorprendentemente esta semana despertamos asustados frente a otra ola de caos electoral. Con el dólar nervioso, con la extrañísima performance de las instituciones electorales y judiciales: actas en los tachos de basura, súbitas mesas de votación, con progre-oenegés-encuestadoras, o con centros de votación que se abren por pocos minutos, y las refutaciones entre las autoridades electorales y el penoso silencio del resto; incluyendo a los medios, la sociedad civil progre y hasta del líder nacional, un señor de apellido Balcázar).

Pero aquí, e interiorizando lo que los últimos gobiernos de izquierda nos han convertido, no hay nada de sorprendente. Entendámoslo. Los accidentes electorales son parte del paisaje en dictaduras y naciones con burocracias altamente corruptas. Sí, como en Bolivia o en México… y también en el Perú poshumalista (ver la segunda figura aquí adjunta).

 

Es bueno conocer lo que estamos haciendo

Venimos cayendo ya desde hace tres décadas. Y como lo muestra la comparación con dos naciones culturalmente cercanas, podemos seguir cayendo más. Cada vez que alguien acepta de un poderoso burócrata –coimero, coimeado o dizque ciego, sordo y mudo– un puesto bien pagado por no hacer nada de valor; cada vez que aceptamos un resultado electoral irregular; y hasta cada vez que usted recibe una dádiva –un bono u otro regalito estatal– por no hacer nada –sin estar en extrema indigencia– usted corrompe y se corrompe. Y eso no deja de pagarse. 

El PBI por persona de un peruano en dólares constantes está casi estancado desde hace más de una década. Hoy tenemos la estabilidad nominal del “chollar” para procastinarnos;, pero en la realidad, apenas crecemos por persona algo más que el 1%. Y para reducir la pobreza efectivamente deberíamos crecer alrededor del 7% anual... establemente.

 

Don Diablo se ha escapado 

Repito otra vez. La corrupción burocrática rampante nos está hundiendo. No son solo los presidentes los que explican la pésima gobernanza estatal. Es un fenómeno generalizado, como destacaba años atrás un presidente de la Corte Suprema. Esta explica –como lo cóncavo y lo convexo– la gobernanza empresarial a todo nivel. Desde lo corporativo hasta lo micro. Y pues esto es lo que estamos haciendo. Existe un detalle. Como nos lo muestra la historia de Fausto, todo esto tiene un precio desproporcionado: la creciente ineficacia del estado peruano. 

La tercera figura aquí resulta lo central. Teniendo una sucesión continuada de gobiernos cada cual más corrupto, nada funciona bien. Ni la seguridad ciudadana, ni los hospitales estatales, ni los servicios públicos, ni –visiblemente– la gestión de los comicios. 

El gobierno se vuelve grotescamente ineficaz y el elector –también– fácil de engañar con promesas. Caemos en un círculo vicioso: corrupción / ineficacia burocrática. Algo que estanca, empobrece y debilita. Pero al mismo tiempo es usado como razón para exigir mayores presupuestos y más opresión. Déficit de Estado lo llaman.

Pero, además, ¿Oh, sorpresa?, otra vez hace inverosímil la gestión estatal de elecciones limpias. Bajo esta perspectiva, los invito a reenfocar las sombras del 2021 y el rabioso celo de los zurdos por esconder hoy cualquier escrutinio ex post. 

 

Nada resulta ilógico aquí 

En este ambiente, los voceros del progresismo ahora nos cuentan que denunciar el caos electoral es una aberración. Que es algo conspiranoico propio de la chusma provinciana. Pero la evidencia muerde. Hoy la capturada burocracia electoral y para-electoral no puede, ni le conviene, desarrollar elecciones libres. 

Sugestivamente, además, financian agrupaciones políticas del tamaño de un quiosco –con recursos de la Salud y Educación–; se cambian las regulaciones ad hoc; y hasta se depuran opciones presidenciables a la bruta (i.e.: aquí la eliminación de solo la candidatura de Barnechea fue de lo más sugestiva). Finalmente, entre la primera y segunda vuelta, se seleccionan candidatos. Pero nótelo. La suerte del Perú no se jugará en la segunda vuelta. Salga quien salga. Las cosas, como les dije al inicio, resultan más sencillas. 

Existe pues un primer paso de salida, y es rápido. Se debe limpiar y ordenar el sistema electoral hoy. Y con ello, podremos tener elecciones limpias. Y recordemos a William Ricker: la democracia no solo implica elecciones libres. Se requiere un marco constitucional antidictatorial. Que bloquee que el elegido se convierta en otro Lula, AMLO, Chávez o Petro. 

Téngalo claro. Aun en una democracia fronteriza como la uruguaya, un simpatiquísimo potencial-dictador como el difunto Mujica tuvo que quedarse en su casita, con su escarabajo. Sin destruir al Uruguay.

Salga quién salga elegido aquí, mientras la gobernanza estatal esté tan dañada, habrá que defender al Perú. Año tras año. Sí. Como en el título del penoso film ultraizquierdista ganador del Oscar.

Carlos Adrianzén
22 de abril del 2026

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