Jorge Varela

Sesgados y tóxicos

Comunicar opinando a peñascazos

Sesgados y tóxicos
Jorge Varela
31 de marzo del 2026

 

El título de este artículo iba a ser distinto. En lugar de ‘sesgados’, el término original era el de “radicales”, pero para qué agredir injustamente a estos seres de convicción. En Chile además, la expresión ‘radicales’ alude a los miembros (o correligionarios) de un histórico partido político de sólida estirpe democrática que logró grandes avances en beneficio de la ciudadanía y representó de modo genuino a los sectores medios del país durante parte importante del siglo XX. Otra alternativa era utilizar el vocablo “ultristas”, pero los ultrasse ofenderían al ser equiparados con aquellos que prefieren estar sentados detrás de un escritorio para proteger su entidad anatómica y no arriesgar su delicada epidermis.       

Descartados los calificativos “radicales” y “ultristas”, se ha optado por uno más neutro y suave, el de “sesgados”. No obstante esta condición parece insuficiente para describir a varios que se dedican al noble oficio de analizar la contingencia social y política de un país, razón por la cual se añadió la acepción “tóxicos”. Esta palabra pudo ser sustituida por una incluso más dura; “ponzoñosos”, por ejemplo, pero el pudor y el afecto inevitable hacia algunos críticos, que no la cobardía, influyó para denominarlos de la forma indicada, incorporándoles sin su anuencia al séquito de los que están familiarizados con el hedor que propagan las toxinas. Es la razón que explica el uso complementario del segundo término y que sirve para dar sentido al título principal de arriba.

 

Falsos profetas 

Toda esta introducción no es banal. Varios analistas, articulistas y comentaristas de renombre, -prestigio y experiencia-, la mayoría formados en la academia, se han habituado a descender desde las alturas para navegar a niveles de riesgo mayor, costumbre que a veces les impide mantener un vuelo limpio y magnífico, y les enfrenta a turbulencias agitadas por ellos mismos. Este despliegue afanoso y obsesivo, resulta extraño para tantos lectores, televidentes y auditores que anhelan orientar sus decisiones mediante los conocimientos e influjo de alguien criterioso, cubierto de luces y provisto de fundamentos, de modo que les sea difícil imaginar que este guía luminoso pudiera transitar por la pendiente oscura de la argumentación sinuosa. 

En ambientes de progresismo seco, -escaso en nutrientes, sin savia-, entre peñas y peñascos donde crecen hierbas malas o malezas, suelen surgir profetas autodenominados pluralistas, de esos a los que les cuesta la maravillosa faena del sembrío comunicacional auténtico, puro, ya que se han dedicado a esparcir textos de contenido denso, -conflictivo-, abstracciones filosóficas o pensamientos crepusculares escapados de las redes del subconsciente. Ocurre que algunos en su afán por sobresalir, se esmeran por ocupar el sitial más alto entre sus pares y no están dispuestos a ser tratados como mero apéndice extirpable.

En tiempos confusos, de aridez posmoderna, de degradación y agresión, hasta las pulsiones más íntimas de un académico -o ensayista crítico- revestidas de docta sensibilidad, pueden dar forma a una argumentación exagerada o servir para denigrar sin motivo ni razones, a quien se ha ponderado en un momento de vehemencia intensa y fugaz, cómo próxima víctima sacrificial apetecida. ¿Cuál es el propósito que nunca confesará? ¿Copar espacio?, ¿impedir que otros, quizás menos ilustrados, operaran antes que él? ¿Cómo se explica que en los primeros días de febrero, cuando faltaba más de un mes para que asumiera un gobierno de tinte neoconservador, ya se podía leer sandeces pequeñas, como si éstas fueran verdades de fe?

 

Qué toda columna corra cómo agua cristalina    

Una característica imposible de ignorar es la insistencia de tantos articulistas por buscar refugio en las ideas y posturas de grandes pensadores para dar mayor peso a sus enfoques analíticos: un recurso legítimo, siempre que no se lo utilice como instrumento para persistir en el derrame de tesis infundadas, afirmaciones infames y expresiones amargas. 

Las consecuencias de un párrafo dañino y falto de rigor merecen ser calificadas de perversas, no solo de sesgadas, si se configurare a sabiendas una predisposición arbitrariamente incisiva y malévola. La porfía sarcástica, -lapidaria-, cuyo objetivo es hacer bolsa a gobernantes, personajes públicos y dirigentes haciendo exponiendo aspectos personales o familiares, parece obedecer a un manual de destrucción elaborado por disconformes rencorosos para gozo y uso de seres de  condición similar.

Según Jürgen Habermas, muy citado por su “Teoría de la acción comunicativa”, la sociedad funciona porque las personas intentan comprenderse mediante el intercambio de argumentos, a través del lenguaje. Este intercambio es una forma de racionalidad que busca acuerdos compartidos. Habermas la definió cómo ‘racionalidad comunicativa’. Racionalidad que no se concibe sin una ética del discurso o controversia.

Una columna de opinión debiera seguir un ritmo seductor, mágico, envolvente, y correr limpia y serena cómo agua cristalina, libre de prejuicios contaminantes y toxinas, alejada de fuentes borrascosas y turbias.

Jorge Varela
31 de marzo del 2026

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