Manuel Gago
Renace la esperanza
Habemus presidente
Keiko Fujimori ocupará por cinco años el sillón presidencial, a partir del próximo 28 de julio. La declaración innecesaria del presidente José María Balcazar –garantizando el derecho a la protesta ciudadana– no detendrá la violencia comunistas en proceso y tampoco impedirá la proclamación de los resultados de las elecciones generales 2026, avalados por Juntos por el Perú desde la primera vuelta electoral.
“Dato mata relato” fue la contundente respuesta de Keiko Fujimori a Roberto Sánchez, quien trató de argumentar contra los resultados ofrecidos gota a gota por la ONPE. Si de datos se trata veamos los resultados oficiales de la primera vuelta electoral. Los votos acumulados de Sánchez, 12.039%; Alfonso López Chau, 7.296%; Yonhy Lescano, 1.283%; Ronald Atencio, 0.837% y Vladimir Cerrón, 0.598%, alcanzaron un 22.046% del total. Recordemos que en 2021 la izquierda comunista alcanzó un 19%. ¿Cómo asegurar, entonces, que vivimos en un país fragmentado, dividido, mitad y mitad entre ellos y nosotros? Una muestra de la mentira divisionista es la ausencia de masiva concurrencia en las llamadas "tomas de Lima". La violencia es el recurso comunista usado para magnificar sus manifestaciones subversivas.
La idea de un país fragmentado es comunista. Su máxima es llevar todo a extremos. Buscan la guerra civil: provincianos contra capitalinos, serranos contra costeños y sureños contra el resto del país. Para la extrema izquierda la lucha de clases del siglo XXI es un supuesto insostenible: inventados “pueblos originarios” contra las urbes. Si esto fuera cierto, hace rato Perú sería un campo de batalla: en lugar de calles, trincheras; en lugar de mercados de alimentos, de armas; en lugar de trabajo productivo, cuarteles de entrenamiento militarizado. El aparente margen apretado de la segunda vuelta electoral sustenta el discernimiento equivocado. Pero no es así. Las mesas 900K inflaron el voto comunista desde elecciones anteriores.
Recurramos a la realidad histórica. Después del frustrado golpe de Pedro Castillo fracasó el intento de incendiar Lima por la falta de militancia. El puñado violentista, el que busca muertos para atizar desigualdades y culpabilidades, fracasó. Yendo cuarenta años atrás, sucedió lo mismo con la “guerra popular del campo a la ciudad”, del senderismo homicida. Ni obreros, ni campesinos fueron los combatientes enlistados detrás de Abimael Guzmán. Los protagonistas de la barbarie tan solo fueron pequeñas células de estudiantes y docentes. Después se integraron a sus filas los avezados sicarios del narcotráfico.
Es cierto, el país estuvo en vilo; pero el triunfo de Keiko Fujimori fue previsto por los expertos cibernéticos, estadistas, matemáticos y hasta algunas encuestadoras, al margen de sus vaivenes. Tabularon el comportamiento del elector e interpolaron datos actuales y de elecciones anteriores. En este contexto, no sorprende que Roberto Sánchez –en esta era digital que todo lo acelera, comprime y hace entendible– no haya avizorado ni acepte su derrota. Alertado de la tendencia irreversible recurrió a la sinrazón de impugnar actas, pedir reconteo de votos y hacer una “chanchita” para gastos. Su pataleta protagónica durará poco. Además, no tiene capacidad para concentrar suficiente fuerza para incendiar el país, según el plan del candidato vencido, en busca de notoriedad.
No estamos fragmentados, somos ricos en diversidad. La grandeza de las naciones se sustenta en las diferencias. Pensar y sentir distinto permite superar los retos más ambiciosos. Lo plano y sin contraste es propio de las dictaduras. La división es un invento comunista.
Con Keiko Fujimori habemus presidente. Renace la esperanza, sinónimo de vitalidad y comienzo nuevo.
















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