Ursula Chamochumbi
Matar no es un derecho
La ciencia afirma que la vida comienza con la concepción
El proyecto de ley de protección del concebido, presentado por las congresistas Tamar Arimborgo y Milagros Salazar, ha alborotado a algunos que, valgan verdades, parecen más activistas que profesionales en búsqueda de la verdad y, sobre todo, del bien común.Estas altisonantes voces se pronuncian respecto a los supuestos derechos de las mujeres y de cómo se les vulneraría, olvidando completamente a aquellas mujeres que, en el vientre de sus madres, corren el riesgo de ser asesinadas. ¿Es que ellas no cuentan? ¿Por qué sus madres son importantes para unos grupos de conveniencia pero ellas no? ¿Existen categorías para los seres humanos? No debería. Es más, estos activistas se desgañitan hablando de los derechos humanos y, sin embargo, niegan uno fundamental: el derecho a la vida.
Pero no me crean solo por lo que escribo. Pasemos al frío análisis que, en aras de la objetividad, no debería tener en cuenta si un proyecto lo presenta tal o cual congresista, con la que tal vez discrepamos o que tiene ideas y creencias diferentes a las nuestras. Todos los aportes, si son realmente positivos y sirven para el bien de la nación, deberían tenerse en cuenta. La biología molecular, la embriología médica y la genética –todas ellas ciencias– indican hoy que la vida empieza con la concepción, momento en el que un óvulo es fecundado por un espermatozoide. En este proceso, el ADN de los progenitores se funde y forma una nueva estructura de ADN que es propia y única de un nuevo individuo que, si continúa con el proceso que corresponde, formará un organismo completo.
Este, señores, es el instante en el que se forma un nuevo ser. No en cinco semanas, cuando nosotros aquí afuera podemos escuchar el corazón latir; ni en el segundo mes, cuando empiezan a crecer los brazos y piernas. El primer paso para que todo eso ocurra es la fecundación. Entonces aquí se cae el primer argumento de los abortistas, ese nuevo ser no es parte de la madre, no comparten el mismo ADN, es simplemente que necesita del organismo de la madre para poder sobrevivir. Siendo ya un nuevo individuo, tiene derechos que no se pueden vulnerar. Las mujeres, por el simple hecho de no querer un embarazo, no pueden decidir si nacerá o no. En algunas mentes podría sonar injusto que una mujer pase nueve meses es un estado que no desea; pero preguntémonos qué es más injusto, nueve meses de incomodidad o toda una vida negada.
Ahora pasemos a la parte legal. Encontramos que muchas naciones, como la nuestra, protegen la vida humana desde la concepción; pero también encontramos tratados internacionales que, por el contrario, apelan a cuestiones ideológicas antes que a defender los derechos fundamentales. La pregunta es por qué no se tiene en cuenta la realidad, pero sí los sentimientos o las preferencias de unos cuantos. Esa no es una forma correcta de legislar.
A nadie le gustaría que, con respecto a su propia vida o la vulneración de sus derechos, se trate su caso bajo la lupa de la conveniencia o de los deseos de unos cuantos grupos (muy poderosos política y económicamente, dicho sea de paso). Y eso es lo que sucede, por ejemplo, con la CIDH, que en el caso del concebido hace precisiones que la ciencia no acepta, por no ser ciertas. Y como sabe que sus argumentos son fácilmente refutables, recurre al feminismo indicando que "la mujer tiene derecho a decidir" si desea albergar ese nuevo ser humano o no. Algo que, como ya hemos establecido anteriormente, no es su derecho.
















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