Juan Carlos Puertas
La retórica en el cierre de campaña
¿Una nueva forma de comunicación política?
Corría el año 1987 y con catorce años me encontraba con la grave noticia que el joven Presidente de aquel entonces, el aprista Alan García, desesperado por la inflación galopante pretendía estatizar los bancos. Mis padres, trabajadores de clase media, veían bastante claro que eso significaba confiscar no solo los bancos sino algo mucho más grave, peligrar el dinero que con su trabajo se ganaban.
De repente, unos días más tarde, me encontraba al lado de mi madre en la Plaza San Martín, y penetraban en mi corazón los gritos de “¡Libertad!, ¡Libertad!”, junto a una melodía de fondo que mi memoria ya desterró. Mucho papel pica pica caía de las alturas, caía más alto aún que un escenario que habían instalado, al que para poder verlo debía estirar seriamente la quijada. Entre las miles de almas apretujadas miraba flotar por entre esos vericuetos pequeños que cada cuerpo dejaba, esa misma nube de preocupación que calaba en mis padres, definitivamente la olía y me penetraba.
De repente, apareció en ese altísimo escenario la figura de un hombre blanco que ya pintaba algunas canas; era Mario Vargas Llosa ante una plaza repleta. Erguido en lo justo y un semblante con una nada desbordada seriedad, la suficiente, ni molesto ni preocupado, seriedad en su exacto nivel, así como una emoción no desbocada pero que de su solo gesto brotaba, caía hacia nosotros y la recibimos, nosotros, la masa.
“La propaganda oficial dijo que esta noche vendrían a la Plaza San Martín … cuatro banqueros y algunos pitucos…(la masa gritaba que no) …y yo, desde esta tribuna veo un mar de cabezas y banderas que se pierden en la noche …”. Me mato, el resto fue sino poesía una pieza de retórica de aquellos animales políticos de los ochenta.
Poco después –como sabemos– empezó la campaña de 1990 y Alberto Fujimori apareció en la palestra. Entendió más a las masas que aquellos grandes oradores, y durante toda la década se fue produciendo el cambio en el que se intercalaban animadores, bandas, música y frases cortas, sepultando, ojalá no para siempre, los grandes discursos.
La retórica que movía corazones, que en poesía instalaba las ideas, y mezclaba – o pretendía hacerlo – el buen arte de persuadir y convencer cedió a la vulgaridad y la chusma. El discurso de Alan García el año 2001 en el Edificio Roosvelt fue quizás el último grito agónico de la hermosa retórica política de antaño “…por nueve años he caminado solo el mundo, y a cada paso me decía: podrán vejarme, podrán insultarme, podrán alejarme, pero no romperán mi fe, no quebraran mis ideas, no quebraran mis compromisos, no podrán impedir que este nuevamente junto al pueblo. Y por lejana sea la distancia o profundo fuera el sueño de la muerte, yo sabía que algún día vendría a estar nuevamente con ustedes, para con ustedes y con los demás peruanos comenzar nuevamente el camino…”.
Con suma tristeza y decepción, si es que aún ese sentimiento puede brotar en aquellos que todavía atesoramos en una cajita muy pequeña, unas gotas de pasión por la política, he escuchado los discursos de cierre.
¡Qué oportunidades perdidas! O será que me aferro al pasado y no quiero entender a la nueva comunicación política. Pero dentro de todo, amarrado a ese pasado o con alguna pizca de razón, ya no lo sé, no puedo dejar de criticar ácidamente a aquellos asesores o profesionales que hicieron – o deshicieron – para ser más justos, los discursos de cierre, tanto de Keiko Fujimori como de Rafael López Aliaga.
En el primer caso, Keiko tenía el mejor insumo que un político puede tener luego del martirio que fue la prisión. Haber pagado con la cárcel su presencia en la política era la oportunidad de oro de un discurso legendario, donde la fortaleza del espíritu del padre y la propia vencerán siempre a las tinieblas que azotan al país, esas que persiguen enterrar el recuerdo del fundador, y enterrar junto a ese recuerdo que el Perú cambió antes y que aún puede cambiar. Y que, a pesar de ese mal, Dios sabe ayudar en sus misteriosas líneas a nuestro pueblo que amanece cada día deseoso de justicia … Pero no, un discurso lineal, y no por la oradora, una oportunidad tristemente perdida, otra más, y de fondo el animador con el micrófono en la mano gritando ….. la costumbre de siempre. Esto del uso de un animador se popularizó porque precisamente nuestros políticos ya no son capaces de transmitir un discurso completo midiendo los niveles de pasión que la ocasión amerita.
Por el lado de Rafael Lopez Aliaga, esperaba un discurso de cierre que transmita esperanza, la de un amanecer que siempre llega cuando la noche es más oscura, de anotar con sutileza (nunca explicita) que la oscuridad siempre busca frenar la esperanza, la esperanza de los hermanos en Ate, la esperanza de los hermanos ahora con agua, la esperanza de los que gritan cada día donde un enemigo sordo ni se entera. Su decisión indiscutida de someterse al desdén y desprecio de las ambiciones que impiden a nuestro tren llamado Perú echar a andar, y caminar hacia la alegría, su decisión de recibir las diatribas cuando gratuitamente y solo por sus hermanos ha dado el paso adelante. La esperanza que la verdad vence a la mentira, a esa mentira que a horas del domingo pretenden parasitar las mentes, pero la verdad siempre triunfa, y la verdad alumbra, y la verdad es que he dado mi ser por ustedes, por nosotros, por nuestra patria. Pero nada, una repetición en resumen de lo ya dicho hasta el cansancio, una presentación en medio de raperos y bulla desordenada ¿acaso el desorden convence o persuade?
No se que se llevaron los asistentes o quienes vieron a los mítines de cierre, pero ni esperanza ni profundidad que emocione.
Pero como digo, quizás soy yo que no entiendo la nueva comunicación política, o me aferro a una estética que no lo es más. Aun así, valgan estas líneas para quienes extrañamos esa vieja y buena retórica política, y descargar en algo esa desazón.
















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