Fernando Peña

La herencia del insulto

Cuando la política se volvió grito, burla y barro

La herencia del insulto
Fernando Peña
04 de marzo del 2026

 

Hay herencias que no pasan por notaría, pero se sienten en el aire. No están en testamentos ni en balances, sino en el tono. En la manera de decir. En la costumbre de rebajar la discusión pública a chacota, irrespeto y golpe bajo. Ese es, quizá, uno de los atavismos más persistentes de la política peruana contemporánea: haber normalizado lo procaz, lo ordinario y lo vulgar como herramientas legítimas de campaña.

No fue de la noche a la mañana. Se incubó en los noventa, cuando el poder aprendió que el insulto moviliza más rápido que el argumento, que el miedo rinde más que el dato y que el adversario, si se le deshumaniza lo suficiente, deja de ser rival para convertirse en enemigo. Desde entonces, la política dejó de hablarle a la cabeza y empezó a apuntar directo al estómago. Y cuando no alcanza, al hígado.

Diversos sectores entendieron temprano que el lenguaje también gobierna. Que repetir una mentira con desparpajo la vuelve costumbre. Que la burla sistemática erosiona más que un debate serio. Así, el adversario pasó a ser “terruco”, “caviar”, “vendepatria”, “rata”, “basura”. Palabras lanzadas como piedras, sin prueba ni pudor, con la tranquilidad de quien sabe que el barro salpica y algo siempre queda.

Esa escuela hizo discípulos. Hoy, campaña tras campaña, vemos cómo el libreto se repite con otros actores, otros logos y la misma mala leche. La plaza pública se convirtió en ring, el mitin en pataleta y la cruzada electoral en desfile de agravios. Importa menos qué se propone que a quién se insulta mejor. Menos cómo se gobierna que cuán fuerte se grita.

Lo más grave no es la grosería en sí -el Perú siempre ha hablado fuerte– sino su uso calculado desde el poder y para el poder. La lisura deja de ser desahogo popular y se vuelve estrategia. Se baja el nivel a propósito, se empantana el debate para que nadie pregunte por cifras, responsabilidades o fracasos. Cuando todo es escándalo, nada es rendición de cuentas.

Esta herencia ha contaminado incluso a quienes dicen combatirla. Políticos que se llenan la boca hablando de democracia, pero no dudan en replicar el mismo lenguaje chabacano cuando les conviene. Porque funciona. Porque prende. Porque en un país cansado, indignado y desconfiado, el insulto parece más honesto que el discurso técnico. Más “auténtico”. Más cercano. Y ahí está la trampa.

La política hodierna no inventó la grosería, pero la institucionalizó. La convirtió en marca. En método. En atajo. Y al hacerlo, dejó un terreno fértil para que cualquier proyecto autoritario se disfrace de franqueza brutal. “Yo digo las cosas como son”, repiten, mientras vacían de contenido la política y la llenan de ruido.

Las campañas electorales hoy son el reflejo de esa herencia maldita. Redes sociales convertidas en cloacas, candidatos actuando como trolls, simpatizantes celebrando la ofensa como si fuera gol de media cancha. Todo vale con tal de ganar un punto en la encuesta, un retuit, un aplauso fácil. Y en ese vale todo, la democracia se va quedando sin palabras.

Porque cuando el lenguaje se pudre, la convivencia también. Cuando normalizamos llamar traidor a quien piensa distinto, abrimos la puerta a algo peor. Cuando el insulto reemplaza al argumento, el autoritarismo deja de parecer una amenaza y empieza a sonar como solución.

Romper con esa herencia no es cuestión de buenos modales ni de hablar bonito. Es una decisión política. Implica negarse a jugar en el barro, aunque el barro venda. Exige volver a poner ideas sobre la mesa, aceptar el conflicto sin convertirlo en carnicería, entender que la firmeza no necesita grosería y que la crítica puede ser dura sin ser basura.

Mientras tanto, cada campaña nos recuerda que este estilo sigue ahí, no solo como práctica electoral, sino como cultura política. Como una sombra larga. Como eco desagradable en cada afrenta lanzada al micrófono. La pregunta ya no es quién heredó ese lenguaje, sino cuándo vamos a dejar de aplaudirlo.

Fernando Peña
04 de marzo del 2026

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