Dante Bobadilla
La farsa moral de la izquierda
Ahora son ellos los desesperados por cerrar el Congreso
La izquierda suele ganarse las simpatías mediante su discurso ético social. Son los llorones de lo que llaman “injusticia”. Desde que Marx denunció la existencia de clases sociales como “injusticia social”, sus seguidores se han pasado la vida denunciando toda clase de injusticias en este mundo, llegando ahora a exigir justicia ambiental. Pero una simple revisión de la historia de la izquierda demuestra que, detrás de sus lindos discursos y poses indignadas, su gestión política ha sido macabra. En busca de su utopía social han generado los mayores genocidios de la historia de la humanidad y creado los peores infiernos de miseria.
En el Perú la izquierda es igual: un sector de afiebrados lunáticos que en el siglo pasado predicaban la guerra popular y alentaban la lucha armada en busca de la justicia social, pero acabaron como delincuentes criminales y terroristas despiadados, secuestrando empresarios, asesinando inocentes y masacrando campesinos. Su versión light montó un gigantesco Estado socialista que manejaba el 80% de la economía y nos llevó a la peor crisis de nuestra historia.
Aún con todo su historial criminal, la izquierda sigue apropiada de las banderas de la moral en este siglo. Se pasaron los primeros 19 años condenando al fujimorismo antes que al terrorismo. Promovieron el odio a los años noventa, que fue cuando el Perú se recuperó del desastre y empezamos a crecer como país. Le vendieron a los jóvenes una selección de mitos y mentiras para adoctrinarlos en el odio a los noventa. Salieron a marchar repudiando el cierre del Congreso por Fujimori y lavaron banderas contra la corrupción del fujimorismo.
Pero la hipocresía de la izquierda siempre sale a flote. Hoy marchan pidiendo el cierre del Congreso. Después de ver presos a los presidentes elegidos por la izquierda, a los alcaldes y gobernadores de izquierda condenados o procesados por corruptos, la izquierda tiene la desfachatez de seguir agitando las banderas de la moral y seguir señalando al fujimorismo. Tenemos casi dos décadas gobernados por luchadores anticorrupción avalados por la izquierda, y la corrupción campea. Ahora mismo estamos en el año de la lucha contra la corrupción bajo el gobierno de un sospechoso de corrupción aliado de la izquierda.
Ahora resulta que toda esa cucufatería de la prensa, toda esa beatería caviar y todos esos santones del progresismo que se pasaron dos décadas repudiando la corrupción y llorando por la democracia que Fujimori pervirtió cerrando el Congreso, comprando congresistas, manipulando jueces y fiscales, prostituyendo a la prensa con rumas de dinero, alterando la Constitución o interpretándola a su antojo; ahora todos esos chicos buenos, santos y nobles apoyan y defienden exactamente lo mismo que repudiaban, porque ahora son ellos quienes compran congresistas, aplauden a los tránsfugas si salen del fujimorismo, controlan jueces y fiscales, pervierten instituciones, manipulan la Constitución como les viene en gana con fines políticos, y prostituyen a la prensa con millonaria publicidad estatal. Son lindos.
En estas últimas dos décadas de vigencia de la moral de izquierda, los niveles de corrupción han sobrepasado todo lo visto antes. Incluso ya casi toda la prensa es una prensa chicha al servicio del régimen. Las geishas de Fujimori han pasado a ser las guaripoleras de Vizcarra, y la manipulación de la opinión pública con encuestas basura no tiene precedentes. Pero ahora todo eso está bien porque lo hacen los chicos bien, los dueños de la moral y la verdad.
Ahora son ellos los desesperados por cerrar el Congreso. Apoyan ciegamente al tonto útil que tienen en Palacio porque está destruyendo la institucionalidad democrática, que es justamente de lo que acusaban a Fujimori. El cuento es que hay una “crisis política insalvable”. Si un presidente no puede resolver una crisis política tan simple debería renunciar, irse a su casa y no volver a aparecer en política nunca más por inútil. Pero no tiene que destruir al país.
Lo más ridículo de toda esta tragedia republicana es que la izquierda, en todos sus colores y fachadas, acaba siendo el sector más insolvente moralmente. Está demostrado que carecen de valores y principios democráticos. No son más que una secta de farsantes en busca de poder a cualquier precio, incluso destruyendo la República y la democracia. Siempre disfrazados de santones, intelectuales y –ahora– hasta de constitucionalistas de alquiler.
















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