Ursula Chamochumbi
La estrategia para el golpe
La creación de un falso monstruo malvado y corrupto
Las crisis son momentos propicios para forzar las cosas. Y esto lo sabe muy bien el accesitario y ahora presidente de facto del Perú, Martín Vizcarra. No podemos negar que sus cartas fueron bien jugadas; aunque —claro— con la inmensa ayuda que le han dado los sectores de izquierda y los medios de comunicación que reciben millones del gobierno, no podía ser de otra manera. Entre todos crearon un monstruo malvado y corrupto que es culpable de todos los males del país, al que llamaron fujiaprismo.
Aunque resulte ridículo para la mayoría, este monstruo —al que supuestamente no le interesa el bien del país, sino su propio beneficio— se ha convertido en la pesadilla de moda. Y ha originado que para otros, un poco más influenciables, no haya otra opción más que superbuenos contra supermalos. Es así que, para ellos, cualquiera que piense distinto a Vizcarra y los grupos que lo acompañan es un enemigo y hay que maltratarlo, insultarlo, ningunearlo para ver si así, con un poco de suerte, termina por desaparecer.
Esta gente ha olvidado incluso que Martín tiene 46 denuncias por corrupción y que el escándalo de Chinchero lo señala hoy más que nunca. Olvidan que él y su premier admitieron haber fracasado en su gobierno y que por eso todos debían irse; que en unos meses deberíamos ir a elecciones generales para que otro presidente y otro Congreso, resuelvan lo que los actuales no pudieron. Lo que es peor, no solo lo olvidan, sino que ahora además lo justifican.
Nos dicen que no es un golpe de Estado porque no hay tanques ni militares en las calles; pero se olvidan del hecho de que en este país existe una Constitución vigente que establece las normas para una adecuada convivencia, para el respeto a las instituciones, para salvaguardar la democracia y, sobre todo, para equilibrar el poder, que en ningún caso debería recaer en una sola persona. Un conjunto de leyes que estas personas juraron cumplir y defender, y que ahora ignoran totalmente. Ese quebrantamiento del orden constitucional es el que configura el golpe de Estado. Y no olvidemos que todo golpe de Estado lleva implícita una dictadura.
Definitivamente el caso peruano es digno de algún profundo estudio antropológico y sociológico, para intentar determinar por qué los peruanos somo tan fáciles de engañar y manipular. La educación, o la falta de ella, tiene un papel muy importante, qué duda cabe. Pero no es solo eso, es también la exacerbación de los odios, de las envidias, ponerle una o varias caras a la frustración que sentimos como país.
No es para meno. Casi todos trabajamos y nos esforzamos por nosotros y por nuestras familias, pagamos impuestos, intentamos en lo posible de ser buenos ciudadanos; pero siempre hay quienes —a punta de informalidad, delincuencia o corrupción— consiguen traerse abajo todo ese esfuerzo, evitando así que vivamos en un buen lugar, que tengamos un mejor país. Tenemos derecho a estar molestos y a exigir que esa gente sea castigada y que no puedan hacer más daño. El problema se genera cuando los que capitalizan esa molestia son tan malos (o peores) que los que supuestamente estamos combatiendo.
En estos momentos solo queda aprender de los errores y luchar para no dejar a los golpistas instalarse y ponerse cómodos. Mientras no pongamos al país primero, los odios y rencores son los que van a gobernar y nos harán caer una y otra vez. Como escribió Karl Marx, y en eso sí tenía razón, "la historia ocurre dos veces: la primera vez como una gran tragedia y la segunda como una miserable farsa".
















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