Jorge Varela
Herbert Marcuse
Una versión erótica-materialista del marxismo
Herbert Marcuse autor de Eros y civilización, El hombre unidimensional, Crítica de la tolerancia pura, La personalidad autoritaria, Sobre la liberación, entre otros libros, es conocido como maestro de la nueva izquierda debido a la influencia que tuvo su pensamiento en la revuelta juvenil de 1968. Jürgen Habermas –quien fuera interlocutor cercano a este filósofo-gurú– decía que “sus trabajos e investigaciones, que precedieron a las subculturas de la protesta, lo convirtieron en ídolo de la izquierda juvenil”. Este hombre que partió de una posición teórica conservadora, se hizo cada vez más radical, escribió Habermas en su obra Perfiles filosófico-políticos.
Marcuse y la teoría de las pulsiones eróticas
Marcuse pensaba que era necesario construir una psicología social marxista; veía en el marxismo una ontología, algo más que una mera estrategia y un objetivo político. A juicio de Habermas, en Marcuse el “marxismo tenía una gran carga antropológica”.
Marcuse sostenía en 1977, siguiendo a Freud, que “la razón o la racionalidad reside de hecho en las pulsiones, o sea, en el impulso de la energía erótica”,-una versión materialista del concepto de razón; mientras Habermas afirmaba que “la razón es algo que no reside en las pulsiones”; “la razón es algo que reside en el lenguaje; la razón estriba, pues, en las condiciones de una formación de la voluntad libre, libre de toda coacción”.
A Marcuse el planteamiento psicológico-antropológico le resultaba natural y necesario porque, según su enfoque, “en la sociedad del capitalismo tardío la manipulación de la estructura pulsional es una de las palancas más importantes para la explotación y la opresión”. Desde su particular enfoque, “en el nivel histórico del capitalismo tardío se agudiza la exigencia de un hombre nuevo como contenido principal de la revolución, por lo que una nueva estructura de la personalidad es condición de la transformación radical, del salto cualitativo”.
Habermas, un definido discrepante de la explicación teórica centrada en las pulsiones, le acota a un Marcuse un tanto desconcertado: “Yo sospecho de todos modos que el uso que usted hace de la teoría de Freud tiene además otras razones. Usted utiliza la teoría freudiana de las pulsiones para obtener una versión materialista del concepto de razón”.
Por esta ruta marcusiana de fundamentar la razón en términos naturalistas, ¿quién tiene derecho a impulsar y establecer criterios objetivos de valor? Habermas le acorrala: “Usted no recurre al principio de un acuerdo racional, no sitúa la razón en el lenguaje o en el acuerdo racional, en la formación de una voluntad general sin coacciones… usted recurre al principio de la dictadura educativa”, le agrega. La reacción evasiva del interlocutor que es sorprendido y opta por escabullirse está reflejada en la siguiente respuesta de Marcuse: “Hoy ya no hablaría de dictadura educativa”.
Revolución y reformismo
Otra temática abordada por los dialogantes se centró en el análisis de la revolución y el reformismo. Marcuse opinaba que “la verdad del reformismo es que la democracia burguesa es infinitamente mejor que el fascismo. Parece como si esta democracia burguesa estuviera siendo demolida y mutilada de manera incesante por la burguesía y el gran capital… Creo que lo que se necesita es una segunda revolución burguesa, ya que la burguesía bajo el régimen del gran capital ha comenzado a atacar y abandonar sus propias conquistas y la clase trabajadora ha ido aburguesándose”. Esta afirmación huele a abandono de la teoría marciana, aunque hubiera sido transitorio.
Luego Marcuse prosigue argumentando: “Hay que ir más lejos. Hoy en el capitalismo tardío, el proletariado es solo una minoría. De ahí que los conceptos marxianos no puedan aplicarse de manera inmediata y rígida a la situación actual… La revolución misma habrá de ser un proyecto de todo punto distinto del que fue para Marx. Habrá que contar con grupos que en la primitiva teoría apenas si tenían significación… por ejemplo, con los famosos grupos marginales, como los estudiantes, las minorías raciales oprimidas, las mujeres, las iniciativas ciudadanas”.
Se trata de “grupos anticipadores’, así los llama, que pueden actuar como catalizadores, pero nada más; o sea, una especie de brigada marginal compuesta por sujetos útiles. A Marcuse, eso sí, le resultaba cada vez más cuestionable que los estudiantes pudieran ser calificados de grupo marginal, pues su juicio era: “Los estudiantes se encuentran en primera línea de una lucha emancipatoria”.
Capitalismo tardío y revisión de la teoría
En consideración a que “el capitalismo ha logrado estabilizarse”, tenemos que emprender una revisión que suponga que la revolución nace, no de la pauperización, sino de la llamada sociedad de consumo; es decir, lo importante es “la revolución en el contexto de la sociedad de consumo: este es hoy el problema”.
La cuestión es: ¿cuánto tiempo durará la estabilización del capitalismo tardío? ¿Se agudizarán sus tensiones internas o logrará consolidarse en un período de tiempo no excesivamente largo sobre la base de un imperialismo político y económico más fuerte, incluso tal vez con China y la Unión Soviética (actual Rusia) como mercado? Si esto ocurriera, los dominadores pueden dormir tranquilos durante algunos siglos. Pues no habrá revolución”. De ahí que “la teoría tiene que ser reformada”.
Preguntas finales
Después de reflexionar en torno a determinados aspectos del pensamiento de Marcuse, expuestos en el diálogo citado, ¿es posible sostener que la teoría marxiana es reducible a una formulación erótica-racional de proposiciones e hipótesis? ¿Una eyección de pulsiones acumuladas? ¿Algo semejante a un orgasmo conceptual energético?
















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