Darío Enríquez

Crónica de un hipercaos anunciado

La Lima de ayer, de hoy y de siempre

Crónica de un hipercaos anunciado
Darío Enríquez
06 de marzo del 2026

 

Alguna vez un amigo, con la ligereza con que se pronuncian las verdades que duelen, afirmó: “El plural de caos es Lima”. No lo dijo con ira, sino con la serenidad casi filológica de quien pretende corregir un diccionario.

La gramática —esa superstición occidental— sostiene que "caos" es invariable; un desorden perfecto e indivisible. Sin embargo, la experiencia urbana contradice a la Academia. Hay ciudades donde el caos no es singular sino múltiple, variado y abundante; se reproduce como un espejo enfrentado a otro, configurando un escenario sospechosamente borgiano.

Lima refuta la singularidad del término. No hablo de la ciudad administrativa, sino de la suma inestable de mercados, transporte informal, veredas capturadas y barrios que un día fueron arena, humedad y viento. Allí el caos no es la ausencia de orden, sino la superposición de órdenes espontáneos. Cada esquina contiene su propia legislación; cada barrio, su pacto tácito; cada ocupación, su acto fundacional. Es una suerte de darwinismo urbano donde el diseño es reemplazado por la supervivencia.

Los especialistas llaman a esto “crecimiento informal”. La expresión es elegante y, como toda elegancia técnica, encubre una paradoja: lo informal no es necesariamente lo caótico, sino aquello que no ha sido bendecido por el Estado. No obstante, la ciudad espontánea posee reglas, jerarquías y memorias. No nace del vacío o del decreto, sino de la necesidad. En sus avenidas, calles y plazas trazadas sobre la marcha, hay una voluntad colectiva que antecede a la norma escrita.

Tal vez el error consiste en confundir el caos con aquello que no entendemos. El desorden absoluto es una anomalía; lo habitual es un orden que no coincide con nuestras expectativas. En Lima, el tráfico obedece a códigos invisibles; la ocupación del suelo sigue trayectorias orgánicas; la economía callejera responde a equilibrios más precisos que muchos planes reguladores. Así, el plural de caos no sería una multiplicación del desorden, sino la coexistencia de múltiples racionalidades fragmentadas que no buscan armonía estéril, sino supervivencia prolifica.

Y, sin embargo, la frase persiste, punzante, burlona y cuestionadora: “El plural de caos es Lima”. Quizá porque toda ciudad nacida de la urgencia lleva en su ADN una fractura: la distancia multidimensional entre la ley ideal, las normas que perpetran los políticos y la realidad sobre el terreno.

Al invocar la pregunta de Zavalita sobre cuándo se jodió el Perú, la respuesta parece no estar en un instante de quiebre, sino en la tensión permanente entre el plano y la arena, entre el decreto y la necesidad, entre lo supuesto y lo concreto. Entre el orden mágico que quienes diseñan y la realidad que se impone día a día. 

Lima está “jodida”, condenada a lo reactivo porque su crecimiento y complejidad superó toda premisa de planeación central en favor de urgencias propias de la espontaneidad; de negociaciones, intercambios y tranzas infinitas sosteniendo un eppur si muove urbano. Nos queda el reto urgente de evitar que ciudades como Arequipa, Trujillo, Piura, Chiclayo y Huancayo sigan este tortuoso camino hacia una modernidad fracturada. Sabemos que avanzan peligrosamente hacia ello.

Si el caos es uno, Lima demuestra que puede desdoblarse. Y si el plural de caos existe, no es solo una forma gramatical; es nuestra capital. Nuestra Lima.

Darío Enríquez
06 de marzo del 2026

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