Darío Enríquez
Recursos, riqueza y el imperativo de la acción humana
Nuestro deber frente al desafío del desarrollo
Un error persistente distorsiona el análisis de nuestra realidad: la tendencia a considerar recursos naturales como si fueran riqueza por sí mismos. Se repite que territorios “ricos” albergan poblaciones pobres, pero esto es una falacia. Un recurso natural es estático, mera potencialidad. La pobreza es el estado natural de la inacción; la riqueza surge de la acción humana, el uso de tecnología y la transformación material que agrega valor. Sin estos factores, el recurso queda estéril y la miseria persiste.
Durante décadas, desde un recurrente y penoso marketing sociopolítico, se ha difundido la idea de que “el crecimiento económico no basta” para alcanzar el desarrollo, insinuando que solo la intervención estatal puede completarlo. Esta narrativa desacredita el crecimiento, cuando este constituye la condición material que permite financiar mejoras estructurales, ampliar capacidades y sostener el bienestar integral.
Por ello, debemos transitar desde el reclamado y justo derecho al desarrollo hacia nuestro deber frente al desarrollo. Este deber se manifiesta en participación consciente, legal y proactiva, lejos de resentimientos dirigidos a culpables externos. Su fundamento es la educación. Invocamos el derecho a educarnos, pero pocas veces asumimos el deber de hacerlo.
Puesto que las personas poseen aptitudes y vocaciones diversas, no existe una trayectoria educativa única: la formación debe diversificarse en opciones técnicas, académicas, prácticas o artesanales que respondan a talentos individuales. Asimismo, resulta esencial fomentar la transferencia, adaptación e innovación tecnológica para dotar al individuo de capacidades reales de transformación. Todo ello, bajo rutas educativas conectadas con las demandas efectivas del mercado y la realidad del entorno.
La educación también posee una dimensión moral. En un mundo infestado de corrupción, educarse implica no solo adquirir conocimientos, sino también enfatizar criterios éticos que permitan resistir prácticas que erosionan la confianza pública y destruyen oportunidades. Sin esta base moral, incluso la mejor formación se vuelve insuficiente.
En este escenario, el gasto familiar en educación manifiesta un deber asumido: invertir en capacidades ante un Estado negligente en garantizar calidad y continuidad. Allí donde las familias destinan recursos propios para aprender, reforzar o actualizar conocimientos, emerge una sociedad civil que sostiene su propio desarrollo. Tal inversión evidencia una voluntad de progreso que ninguna política puede decretar.
Gran parte de nuestro territorio —tanto rural como urbano— permanece atrapada en dinámicas de exclusión. Mientras en el campo esto se manifiesta en aislamiento geográfico, baja densidad institucional y frágil productividad, en las ciudades se traduce en periferias desconectadas y espacios precarizados. Estas carencias materiales, agravadas por brechas culturales y desconfianza institucional, obstaculizan la integración plena al desarrollo.
Integrar estos espacios exige reconocer su realidad sin romanticismos retóricos y convocarlos en libertad, sin imposiciones. La integración debe permitir que cada individuo se posicione según sus capacidades y aspiraciones. Si alguien, bajo un marco democrático, opta por alejarse de esta lógica, ejerce su autonomía y asume las consecuencias. Pero quienes buscan integrarse deben hallar puertas abiertas, instituciones eficaces y un entorno que premie el esfuerzo y la legalidad.
Desde las ideas de la libertad, rechazamos la acusación de que proponemos un bienestar general reducido a la suma aritmética de individuos aislados. El bienestar general es un producto económico y sociocultural, resultado de logros alcanzados a nivel individual, familiar y comunitario, acumulando valores que orienten una sociedad hacia la prosperidad.
El desarrollo no es fruto de la geografía, sino de la educación asumida como deber —científico, tecnológico y moral— y de la acción humana decidida a transformar el entorno en bienestar. Frente a la fantasía de quienes promueven un Estado que lo haga todo, es ineludible advertirlo: el estatismo salvaje no genera desarrollo, lo anula.
















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