Berit Knudsen
Trump y Xi, cara a cara en Beijing
Una cumbre que puede definir el futuro del mundo
El Air Force One llegó a Beijing la noche del 13 de mayo. Trescientos niños lo recibieron agitando banderas, mientras Donald Trump descendía la escalinata. La escena, con protocolo de visita de Estado, tenía el peso de un mundo con esperanzas e incertidumbre frente al encuentro entre dos potencias. Pero Xi no recibió a Trump.
Es la primera vez desde 2017 que un presidente estadounidense pisa suelo chino, Joe Biden nunca lo hizo. Trump llega en medio de la guerra con Irán, la crisis energética global y una tregua comercial pronta a vencer. Una cumbre que es más que una reunión diplomática rutinaria.
En 2025 Trump regresó a la Casa Blanca con una agenda comercial sin concesiones, lanzando la guerra de aranceles elevada a más del 100% entre ambas economías. Embargo comercial de facto. Los mercados y cadenas de suministro globales se tambalearon.
En mayo, una tregua de 90 días redujo los aranceles estadounidenses a 30% y los chinos a 10% en una frágil calma. Pero China restringió las exportaciones de tierras raras, minerales críticos para misiles, chips, autos eléctricos y teléfonos, recibiendo acusaciones de Trump por violar lo acordado. Las conversaciones continuaron en Ginebra, Londres, Estocolmo, Madrid y Kuala Lumpur, con avances y retrocesos constantes.
El segundo punto de inflexión fue en Busan, durante la cumbre APEC de octubre. Trump y Xi acordaron extender la tregua por un año; China compraría soja y energía estadounidense. Un avance real, pero insuficiente para resolver las tensiones estructurales.
El 28 de febrero de 2026, Estados Unidos e Israel lanzaron la operación militar contra Irán. El estrecho de Ormuz, por donde transita el 20% del petróleo mundial, quedó bloqueado. Los precios del combustible se dispararon, reorganizando la agenda global.
Trump pospuso el viaje a Beijing previsto para marzo, pero hoy llega debilitado políticamente, con baja aprobación y un conflicto en Medio Oriente irresuelto. El gran pedido a Xi será que use sus influencias sobre Teherán para reabrir el estrecho, facilitando un acuerdo de paz. Beijing tiene sus propios cálculos: aunque depende del petróleo iraní para el 45% de sus importaciones, Irán representa un aliado estratégico, dificultando un alineamiento con Washington.
La carta de Trump será el acceso al mercado estadounidense y su debilidad es la urgencia. Xi tiene mayor margen de maniobra con la anulación de los aranceles por la Corte Suprema de Estados Unidos, principal palanca de presión de Washington.
El objetivo de Trump es: extender la tregua arancelaria, que China abra su mercado a empresas estadounidenses, desde Boeing hasta productores agrícolas, asegurar tierras raras y alguna señal de cooperación sobre Irán. Lo acompaña la caravana de Silicon Valley y Wall Street, entre ellos Tim Cook y Elon Musk, demostrando sus prioridades.
Los objetivos de Xi, jugando en casa, son: que Washington exprese oposición explícita a la independencia de Taiwán; levantamiento de restricciones sobre tecnología avanzada, en particular semiconductores; y retirar a empresas chinas de las sanciones. Las tierras raras y el dominio en la cadena de suministro le dan una palanca incomparable.
Los analistas coinciden: habrá acuerdos, pero acotados. Probablemente una extensión de la tregua comercial, compras chinas de productos estadounidenses y alguna declaración de estabilidad bilateral. Temas espinosos como controles tecnológicos, inversiones y el conflicto de Taiwán serían diferidos para una posible reunión en septiembre.
El simbolismo de esta cumbre entre potencias definirá el siglo XXI. Dos modelos de organización política y económica en competencia negocian y se necesitan mutuamente. Trump declaró al partir: "Somos las dos superpotencias”. Xi, con su habitual estilo, afirmó que las fricciones entre grandes economías son "normales", "siendo plenamente capaces de ayudarse mutuamente a prosperar".
Eso, en el fondo, es lo que el mundo necesita creer esta semana.
















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