Cajamarca resume una de las mayores contradicciones del Perú: a...
El turismo en el Perú se ha consolidado como una actividad económica relevante, aunque todavía lejos de su verdadero alcance. Al cierre de 2024, el sector generó alrededor de 1.3 millones de empleos entre directos e indirectos y aportó aproximadamente el 3% del Producto Bruto Interno (PBI). Ese mismo año, el país recibió cerca de 3.5 millones de visitantes internacionales, quienes dejaron ingresos superiores a los US$ 4,500 millones. Estas cifras muestran una recuperación progresiva tras la pandemia, pero también revelan que el crecimiento podría ser mucho mayor.
En paralelo, el turismo interno ha cobrado un dinamismo notable. Durante 2024 se registraron unos 43.5 millones de viajes dentro del país, lo que representó un incremento cercano al 17% respecto al año anterior. Este movimiento generó un impacto económico superior a los US$ 6,300 millones y permitió que varias regiones, como La Libertad, Cajamarca, Puno, Huánuco, Huancavelica y Amazonas, superaran incluso sus niveles previos a la crisis sanitaria. Este repunte confirma que el turismo no solo depende del visitante extranjero, sino también del mercado local.
Sin embargo, cuando se observa el contexto internacional, el desempeño peruano resulta modesto. Mientras el país apenas supera los 3.5 o 4 millones de turistas al año, potencias como Francia reciben más de 100 millones de visitantes, España más de 90 millones, Estados Unidos alrededor de 76 millones y México cerca de 46 millones. La comparación no busca equiparar realidades distintas, pero sí pone en evidencia la enorme brecha entre lo que el Perú logra hoy y lo que podría alcanzar si aprovecha mejor sus ventajas.
Y es que pocos países cuentan con una oferta tan diversa. El territorio peruano alberga vestigios de civilizaciones milenarias como Caral, considerada la más antigua de América, así como culturas emblemáticas como la Moche, Chimú y Nazca. A esto se suman íconos globales como Machu Picchu, las Líneas de Nazca y Chan Chan, además de una geografía que combina costa, sierra y Amazonía. La gastronomía, cada vez más reconocida a nivel mundial, refuerza este atractivo y amplía las razones para visitar el país.
Más allá de su valor cultural, el turismo tiene un impacto directo en la reducción de la pobreza. Muchos de los principales destinos se ubican en zonas rurales donde las oportunidades económicas son limitadas. Allí, las comunidades participan en actividades como hospedaje, transporte, guiado y alimentación. Incluso segmentos como el turismo juvenil o de mochileros, que demandan servicios más simples, abren espacio para pequeños emprendimientos locales. Con el apoyo adecuado, estos ingresos pueden transformar economías familiares enteras.
A pesar de este potencial, existen obstáculos persistentes. La inseguridad es uno de los principales factores que afectan la imagen del país y desincentivan la llegada de visitantes. Casos de criminalidad no solo generan pérdidas económicas, sino que también dañan la reputación internacional del destino. A esto se suma la debilidad institucional, evidenciada en problemas de gestión y burocracia, incluso en lugares emblemáticos como Machu Picchu.
Otro cuello de botella es la infraestructura. La falta de aeropuertos regionales modernos, carreteras en buen estado, conexiones ferroviarias eficientes y una red de servicios adecuada limita el acceso a muchos destinos con alto valor turístico. Aunque proyectos como el nuevo aeropuerto Jorge Chávez representan avances importantes, aún existe una brecha significativa en el resto del país. Esta situación impide que el flujo de visitantes crezca de manera sostenida.
Los especialistas coinciden en que, si se superan estas limitaciones, el impacto del turismo podría multiplicarse varias veces. Algunos estiman que su contribución económica podría incluso cuadruplicarse en el largo plazo. Esto no solo implicaría mayores ingresos, sino también una expansión significativa del empleo y el fortalecimiento de las clases medias, especialmente en zonas rurales.
Para lograrlo, el país necesita una estrategia clara y sostenida. El turismo debe ser asumido como una política de Estado, al mismo nivel que sectores como la minería o la agroexportación. Esto implica planificación de largo plazo, inversiones continuas y una coordinación efectiva entre el sector público, el privado y las comunidades locales.
El Perú no parte de cero. Ya cuenta con una base sólida: 1.3 millones de empleos, un aporte del 3% al PBI, más de 3.5 millones de turistas extranjeros y un mercado interno de 43.5 millones de viajes. Pero esas cifras, en lugar de ser un punto de llegada, deberían entenderse como el inicio de un proceso mucho más ambicioso.
El desafío está claro. Convertir al turismo en uno de los principales motores del desarrollo nacional no depende de descubrir nuevos atractivos, sino de gestionar mejor los que ya existen. Si el país logra cerrar sus brechas en seguridad, infraestructura e institucionalidad, su riqueza cultural y natural podría finalmente traducirse en crecimiento sostenido y en una mejora real de la calidad de vida para millones de peruanos.
















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