El eventual gobierno regional de Verónika Mendoza representa un...
La inversión minera atraviesa uno de sus mejores momentos de los últimos años. Entre enero y julio del 2026 acumuló un crecimiento cercano al 39%, alcanzando US$4,117 millones, mientras que desde el Instituto Peruano de Economía (IPE) se estima que cerraría el año con el ritmo de crecimiento más alto desde 2011. El sur concentra buena parte de este resultado: allí la inversión minera alcanzó su mayor nivel en una década, impulsada por el desarrollo de Tía María y las inversiones de Antapaccay y de Las Bambas.
Esta posición responde a la importancia que la macrorregión ha adquirido dentro de la actividad minera nacional. El sur concentra el 45.5% de la cartera de inversión minera, equivalente a US$ 29,142 millones distribuidos en 25 proyectos de gran escala. A ello se suma su papel en la producción: durante los últimos años ha concentrado entre el 60% y el 70% de la producción nacional de cobre, mineral clave en la actual transición energética mundial.
El efecto económico de la inversión minera se refleja en el crecimiento regional. En los últimos 70 años la economía del sur se multiplicó por diez, mientras Moquegua y Arequipa registraron crecimientos promedio anuales de 4.5% y 3.8%. Asimismo, el estudio del IPE sobre los aportes constructivos de Southern Perú muestra además que entre 2004 y 2024 la empresa aportó S/ 49,440 millones al Estado, equivalentes al 57.4% del presupuesto agregado de los gobiernos subnacionales de Moquegua y Tacna durante ese periodo. La magnitud de esto se aprecia, por ejemplo, en Moquegua, cuya economía se multiplicó 21 veces desde 1960.
Los resultados también se observan en las condiciones de vida. Moquegua, Tacna y Arequipa registran las menores tasas de desnutrición crónica infantil del país, mientras Apurímac es la región que más posiciones ha avanzado en el Índice de Competitividad Regional (Incore) durante la última década. Al mismo tiempo, se redujo la pobreza: cerca de dos millones de habitantes del sur salieron de esta condición desde 2004. Es más, incluso en Apurímac, donde el desarrollo minero es más reciente, la pobreza cayó 17 puntos porcentuales desde el inicio de las operaciones de Las Bambas en 2016.
El empleo permite dimensionar aún más el impacto de los proyectos mineros del sur. Las Bambas representa el 72% del PBI de Apurímac y ha generado más de 8,800 empleos directos e indirectos. Antapaccay ha producido empleo directo e indirecto para alrededor de 1,800 cusqueños. Y Cerro Verde cuenta con más de 10,000 trabajadores directos e indirectos, convirtiéndose en el principal empleador de Arequipa.
Asimismo, en los últimos 20 años el sur recibió S/ 68,000 millones por canon y regalías mineras, equivalentes al 52% del total nacional. No obstante, estos recursos deben traducirse en obras que permitan cerrar las brechas existentes, tales como que más de la mitad de los locales educativos públicos de Apurímac, Cusco y Puno requiere ser renovada y solo el 10.7% de la población de Apurímac dispone de agua adecuadamente clorada. El reto, entonces, estará en la capacidad de los próximos gobiernos regionales para atender estas problemáticas empleando eficazmente los recursos que la minería le otorga.
Es oportuno alertar que el norte muestra un escenario que no se debería permitir que se replique en el sur. En Cajamarca la minería se contrajo más de 30% durante la última década. Luego del bloqueo del proyecto Conga en Cajamarca, en esa región se paralizaron La Granja, El Galeno y Michiquillay, entre otros; proyectos que podrían haber aportado un millón de toneladas métricas (TMC) más del metal rojo a la producción nacional actual de más de 2.7 millones de TMC. Con esa producción, actualmente paralizada, el país podría crecer sobre el 5% y la pobreza se reduciría a 15% de la población.
















COMENTARIOS