Renatto Bautista
Luis Alberto Sánchez y Manuel González Prada
Una lectura del libro “Nuestras vidas son los ríos”, de Luis Alberto Sánchez
“La vejez y juventud no son frutos de la cronología, sino de la aptitud psicológica y biológica de renovarse y combatir. Como él tuvo ambas, murió en olor de juventud a los 74 años”.
— Luis Alberto Sánchez, en Nuestras vidas son los ríos, p. 405, sobre Manuel González Prada.
Nuestras vidas son los ríos es un libro del intelectual y político aprista Luis Alberto Sánchez, quien fue tres veces rector de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, la primera universidad fundada en la América española. La obra aborda la vida del maestro Manuel González Prada (5 de enero de 1844 – 22 de julio de 1918), destacado intelectual y dos veces director de la Biblioteca Nacional, así como la de su hijo Alfredo González Prada y Verneuil (1891-1942), diplomático y escritor.
Este libro me permitió conocer con mayor profundidad la vida y obra de don Manuel, como lo llamaba Víctor Raúl Haya de la Torre desde que iniciaron su amistad. González Prada fue un hombre frontal y valiente, cualidades poco comunes en un país donde muchas veces se nos forma para ser pusilánimes o tibios, acomodándonos al poder de turno. En el Perú de su tiempo y en el de hoy, abundan actores políticos que priorizan intereses personales antes que principios. Don Manuel, en cambio, marcó posición sin ambigüedades.
¿Por qué fue un líder crítico y distinto para su época? Como escribió Sánchez, influyeron varios factores. Primero, el exilio que sufrió de niño, tras la caída del gobierno de José Rufino Echenique, en el que su padre había sido vicepresidente. A ello se sumó su temprana actitud anticlerical, evidente durante su paso por el Seminario de Santo Toribio y el Real Convictorio de San Carlos, donde rechazaba la enseñanza rígida y el aprendizaje obligatorio del latín. Incluso padeció una dolencia en la rodilla que su tía paterna llamaba, con ironía, “la rodilla hereje”.
Sin embargo, hubo un hecho más decisivo: la muerte de los dos hijos que tuvo con su esposa Adriana. Esa tragedia lo llevó a una ruptura profunda con la fe tradicional. Más que ateo, fue un hombre en permanente duda. En su última entrevista declaró: “A veces creo, pero mayormente no creo en Dios”. Todo indica que su postura final fue agnóstica.
A estos factores se sumó la derrota del Perú en la Guerra del Pacífico, que lo empujó hacia una crítica radical del orden establecido. Se convirtió en un intelectual libre, cercano al anarquismo, reacio a convertirse en comparsa del poder.
Un capítulo especialmente interesante del libro es el sexto, titulado “El amor: Verónica Calvet y Bolívar”. Allí Sánchez aborda la relación que González Prada sostuvo, antes de casarse con Adriana, con Verónica Calvet y Bolívar, joven de familia aristocrática que habría sido su primer gran amor. El autor deja abierta la pregunta sobre por qué no se concretó ese matrimonio. Propone hipótesis, pero la verdad quedó enterrada con ambos. A veces los amores quedan marcados por circunstancias que la historia no alcanza a esclarecer.
En el plano político, su influencia fue profunda. Puede afirmarse que su heredero intelectual fue Víctor Raúl Haya de la Torre. Ambos se conocieron en 1917, cuando González Prada dirigía la Biblioteca Nacional y Haya recién iniciaba sus estudios de Derecho en San Marcos. Mantuvieron amistad hasta la muerte del maestro. Tras el suicidio de Alfredo González Prada y Verneuil en 1942, en Nueva York, la relación entre la familia y figuras como Haya y Sánchez se mantuvo estrecha. Sánchez, de hecho, fue editor de las obras de padre e hijo.
Volviendo al siglo XIX, es imprescindible recordar el discurso del Teatro Politeama del 29 de julio de 1888, escrito por González Prada y leído por el joven Gabriel Urbina, en presencia del entonces presidente Andrés Avelino Cáceres. Uno de sus fragmentos más potentes dice:
“Los que pisan el umbral de la vida se juntan hoy para dar una lección a los que se acercan a las puertas del sepulcro”.
Otro momento clave fue su discurso del 30 de octubre de 1888 en el Teatro Olimpo, hoy Teatro Municipal de Lima, durante el aniversario del Círculo Literario. Allí pronunció dos frases que quedaron en la historia:
“Rompamos el pacto infame de hablar a media voz.”
“Los jóvenes a la obra, los viejos a la tumba.”
La primera sigue vigente en un país donde muchas veces se fomenta el silencio cómplice frente a la injusticia. La segunda no es un ataque a la edad biológica, sino a la vejez del espíritu: a quienes ven el mal y no actúan. González Prada luchó toda su vida contra el clericalismo, el militarismo, el civilismo y figuras como Nicolás de Piérola. Paradójicamente, fue nombrado director de la Biblioteca Nacional durante el primer gobierno de Augusto B. Leguía y luego restituido en el cargo, tras el régimen de Óscar R. Benavides, por José Pardo y Barreda en su segundo mandato. Ejerció esa función hasta el último día de su vida, el 22 de julio de 1918.
Podría decirse mucho más, porque don Manuel lo merece. Pero basta una conclusión: su legado político e intelectual influyó decisivamente en Víctor Raúl Haya de la Torre, quien reconoció también la influencia del pensador mexicano José Vasconcelos. González Prada murió a los 74 años, pero, como escribió Sánchez, lo hizo “en olor de juventud”. Y esa juventud de espíritu sigue siendo un desafío para el Perú de hoy.
















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