Carlos Hakansson
La libertad frente a la cartografía del poder
El choque entre el judicialismo pragmático y el positivismo estatista
Existe la percepción que el mundo jurídico anglosajón carece de la densidad teórica y bibliográfica que caracteriza a la Europa continental. Sin embargo, al analizar las fuentes se observa que la diferencia no es la ausencia de filósofos o juristas, sino la naturaleza y el propósito de su producción intelectual; mientras que el continente se ha dedicado a perfeccionar la "arquitectura del poder político", el pensamiento inglés ha centrado su bibliografía en la salvaguarda de la libertad individual. Los tratados de John Stuart Mill y John Locke no buscaban diseñar una maquinaria estatal omnipotente, sino que se situaban en la orilla opuesta a pensadores como Bodino o Maquiavelo. En la tradición continental, la obra cumbre suele ser un "manual técnico para conservar la investidura", como El Príncipe; en cambio, el mundo anglosajón produce clásicos sobre la autonomía del ciudadano.
Es una divergencia que explica por qué en el Reino Unido ha imperado históricamente una "cultura de la dimisión", en la que el líder se retira al perder la confianza de sus pares. A diferencia del sistema continental, en el que el mandato suele percibirse como una propiedad jurídica blindada por el voto directo y el dogma de la legitimidad formal, en el modelo británico el poder funciona como un préstamo de confianza parlamentaria. Se facilita el paso al costado frente al "aferramiento al cargo", ya que la responsabilidad política no se confunde con la culpabilidad penal; se dimite por el honor institucional, no por una sentencia judicial.
Una de las aparentes "debilidades" del sistema británico es su falta de una Constitución codificada. No obstante, esto refuerza su enfoque pragmático pues, al no existir un texto fundacional único o una sistematización reglamentaria masiva, se evita una obsesión por la "superestructura" que devora la cotidianidad. En esa tradición, el protagonismo no lo tiene el teórico que diseña el Estado, sino el juez como guardián de las libertades, pues, mientras en el continente el individuo parece emanar del ordenamiento escrito —una suerte de concesión estatal—, en el mundo anglosajón el derecho se construye sobre el precedente y la fiscalización parlamentaria.
Si bien es cierto que existen excepciones, como Thomas Hobbes, quien desarrolló su tesis sobre el poder absoluto en El Leviatán. Sin embargo, su obra fue fruto de un contexto de guerra civil y su exilio en Francia, lo que la aleja de la "naturaleza" protectora de la libertad que define al resto del pensamiento inglés; Hobbes fue el espectro que la tradición anglosajona se esforzó por exorcizar. El verdadero norte lo marca la máxima de Lord Acton: "el poder corrompe, el poder absoluto corrompe absolutamente", una advertencia que colisiona con el pragmatismo continental de "salvo el poder, todo es ilusión".
Ante la falta de densos manuales estatales, los anglosajones encontraron su mejor expresión en la literatura, pues, mientras el continente analiza la "cartografía del poder" en las novelas de Vargas Llosa o García Márquez, los británicos cuentan con J.R.R. Tolkien. Su metáfora del anillo único describe la carga trágica y deformadora de la concentración del poder, un peso cultural equivalente a cualquier tratado político continental. El anillo no se reforma ni se regula, se destruye por su naturaleza corruptora.
La contradicción entre ambas orillas es la base del choque entre el judicialismo pragmático y el positivismo estatista. Hoy cabe mencionar que el modelo anglosajón enfrenta desafíos, como los estrictos controles migratorios y el auge del personalismo, ambos muestran que el ejercicio del poder puede volverse continentalmente rígido cuando se pierde la fe en las convenciones. En última instancia, la brecha persiste cuando observamos una cultura que sospecha del poder frente a otra que se obsesiona con su arquitectura.
















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