Hugo Neira
El nacimiento de la nación norteamericana
No fue una tierra y un mundo nuevo solamente para ingleses
Un rasgo dominante en la América del norte es que no hubo aristocracia. Lo anota Tocqueville en su visita a los Estados Unidos en 1835: “Entre las cosas nuevas que durante mi permanencia han llamado mi atención, ninguna me sorprendió más que la igualdad de condiciones” (Introducción a la democracia en América). Ahora bien, los propios norteamericanos se preguntan en qué momento comenzaron a tomar conciencia de que no eran británicos de ultramar, aunque bajo ese estatus se habían acogido en las 13 colonias. Los cambios de pertenencia, por ser subjetivos, no se presentan sino de a pocos. Según el historiador norteamericano Allan Nevins, hacia 1775, es decir, muy cercanos a los primeros choques frontales entre colonos y tropas británicas, “había empezado a surgir una sociedad distintivamente norteamericana”. Pero el mismo Nevins admite que muchas cosas eran semejantes, todavía, con Inglaterra, al punto “que en Boston y en Nueva York, los comerciantes, profesionistas y mecánicos, no se distinguían de los de Londres y Bristol”. “Un poco antes de la Independencia, tres cuartas partes de los colonos blancos eran de sangre británica”.
No fue una tierra y un mundo nuevo solamente para ingleses. Llegaron otros pueblos europeos. Ciertamente en la Nueva Inglaterra, las tierras estuvieron pobladas por británicos, pero en otros lugares se instalaron holandeses, alemanes, franceses. A las corrientes originales se sumaron otras olas migratorias al correr del siglo XVIII. La historia de las instalaciones coloniales es extensa pero podemos aquí señalar algunas. Por ejemplo, la de los alemanes. Venían del valle del Rin, empujados unos, por la miseria y el descontento. Otros, por la persecución a su credo de luteranos. La reina Anne, una de las últimas Stuart, les ofrece seguridad en las posesiones americanas de la Corona inglesa. Fueron tantos que Benjamín Franklin se asombra, por lo menos un tercio en Pensilvania eran alemanes. Encontraban tierras aptas para los graneros de trigo. No eran precisamente pioneros. Prefirieron comprar tierras, señala Nevins, y “vivieron frugalmente, vendiendo lo que producían”. Se puede en efecto, resaltar en cada uno de los pueblos que llegaban a esas tierras nuevas (¿o deberíamos decir, naciones?), rasgos particulares, como en los escoceses-irlandeses. De Inglaterra no soportaron un par de cosas. Su iglesia anglicana y las leyes contra la industria irlandesa de tejidos. Traían consigo “un amargo sentimiento antiinglés”. Eran presbiterianos, se esparcieron por Pensilvania, Virginia y Carolina. Otros se metieron en el territorio salvaje, viviendo de la caza, desmontando tierras, “construyendo cabañas de troncos”. La simultaneidad y mezcla de pueblos emigrados fue frecuente. En Georgia, una de las últimas colonias antes de la emancipación, gracias a una licencia real, se ubicaron “deudores pobres y otros desafortunados”, y un gran número de protestantes alemanes, escoceses y gente de diversos credos no católicos, anabaptistas, moravos, anglicanos, judíos, en un territorio de frontera que disputaban tanto a los indios como a los españoles. Luego del Edicto de Nantes, arriban los hugonotes franceses. Y luego continuaron llegando, como se sabe, suizos, suecos, italianos y portugueses.
¿Qué tenían en común? Un poema de Dickon Heron define bien el tema: “He aquí a un caballero y a un ex reo por deudas”. “Nuestra vida comienza en este mundo”. Observemos la simplicidad, la franqueza. No habla de un nuevo mundo, de una utopía o un paraíso terrestre, sino simplemente “de un mundo”. Habían encontrado un tipo de vida duro y práctico. Y como venían del esfuerzo, a él se sumaron. Llegaban, por lo general, sin fortuna ni capital, sin nada. Se entiende por qué aspiraban a hacerse de una propiedad. Y por qué Jefferson, entre los derechos naturales que invoca en el borrador de la Constitución, sustituye la clásica defensa de la propiedad por la del “derecho a la felicidad”. Para ese mundo de oleadas de inmigraciones en el curso de tres siglos, libertad, propiedad, derechos y felicidad se vuelven sinónimos.
En la cuestión de oleadas poblacionales, se suele distinguir la primera generación de colonias de la segunda, todas de alguna manera británicas, por las leyes y las autoridades pero distintas por el origen del poblamiento. Pero esos colonizadores no hicieron todos el mismo tipo de travesía. En el inicial éxodo puritano, hubo quienes salieron de un muelle de Inglaterra con 5 naves, 400 pasajeros, 140 reses, 40 cabras y enseres caseros. Hubo los que convencieron a William Penn de ir a levantar una “república modelo” conforme a los principios de los cuáqueros. Y la verdad es que en paz con los indios (raro caso) y comprando tierras, con prósperos y austeros hogares, lograron vivir en justicia y libertad. Esto ocurría en Pensilvania. En Plymouth, una compañía comercial, la London Company, se convirtió en una colonia de autogobierno. Fue gente recia, dura, la que pasó el Atlántico, dice más de uno historiador norteamericano. Hubo unos 1.200 viajes, solo entre 1628 y 1640. No pretendemos intentar abrazar todo este inmenso desplazamiento humano, apenas señalar algunos aspectos significativos. Hay que decir que hubo emigrantes pobres que no pudieron pagar el pasaje en los barcos y que fueron trasladados por agencias de colonización, como la Compañía de Virginia o la de la Bahía de Massachusetts, según una fuente bien informada.
No hay que pensar en la colonización con reglas británicas en el Norte como la colonización española y lusitana del Sur. Las norteñas, que en realidad eran muy modestas hasta la gran expansión del siglo XIX, fueron muy variadas por su sistema de propiedad. Hubo colonias compuestas por propietarios, otras por Compañías y varias se poblaron con gente con compromisos laborales bastante duros. Es el caso de los que llegaron bajo contrato por períodos de cuatro a siete años. Al final obtenía su libertad y un estipendio. Al sur de Nueva Inglaterra, dice la historia oficial, la mayoría llegó bajo ese procedimiento. Ancha era América, se entiende que luego buscaran una parcela en otros puntos del inmenso territorio. Por lo demás, ni en los tempranos colonizadores británicos, que cohesionaba una fe religiosa común y el inicial estilo frugal de vida, dejaron de haber tensiones, riñas, pugnas y rivalidades. Incluso una cuasi guerra para arrancar a la Nueva Holanda la posesión de Nueva York. Pero Long Island y Manhattan se rindieron después que les garantizaran el derecho a conservar sus propiedades y el culto religioso que les viniera en gana.
¿Qué los unía, como individuos, en resumidas cuentas? Por distintos que fueran: la oportunidad. A ella se acogen desde los que descendieron en el puerto de Plymouth del Mayflower y que tuvieron que aprender de los pacíficos nativos Wampanoags a sustituir el trigo por el “trigo indio”, el maíz. Y los comerciantes de pieles, los granjeros de Pensilvania, los empresarios de Nueva York, de terratenientes a mineros, la idea común era que nada de lo que hacían podían emprenderlo en el viejo mundo al que habían dejado atrás. En otras palabras, la colonización no se prolonga a Europa. Ni Boston ni Virginia ni la Nueva Inglaterra fueron una continuidad de la metrópoli. América nace como una ruptura. Inventan una nueva vida en un nuevo espacio con gente diversa. La ocupación territorial prepara una nación. Desde tres causalidades fortuitamente entrelazadas, a saber, bosques y praderas infinitas, oportunidades y también la herencia colonial de unas libertades inglesas.
Fuente: ¿Qué es República?, Fondo Editorial USMP, Lima, 2012, pp. pp. 203- 205.














