Mariana de los Ríos

El agente secreto: un thriller político sudamericano

Reseña crítica de la película brasileña nominada a cuatro premios Oscar 2026

El agente secreto: un thriller político sudamericano
Mariana de los Ríos
26 de febrero del 2026

 

Dirigida por el brasileño Kleber Mendonça Filho (Recife, 1968), El agente secreto (O agente secreto) se ha convertido en uno de los títulos más comentados del cine latinoamericano reciente. Tras su paso por el Festival de Cannes, donde obtuvo el premio a la mejor dirección y una ovación prolongada, la película fue nominada al Oscar 2026 como Mejor Película, un logro poco frecuente para una producción brasileña. El reconocimiento internacional confirma la ambición de un proyecto que combina thriller político, reflexión sobre la memoria histórica y el retrato íntimo, todo enmarcado en la dictadura militar en el Brasil de los años setenta.

La historia se sitúa en 1977, en pleno régimen autoritario. Marcelo, interpretado por Wagner Moura (Bahía, 1976), es un ingeniero y académico que se ve obligado a abandonar su vida tras enfrentarse a un ministro vinculado a intereses empresariales. La disputa surge cuando el gobierno intenta desmantelar su departamento universitario para transferir sus investigaciones a una compañía privada. A partir de entonces, Marcelo se convierte en un objetivo: dos sicarios ligados a la policía secreta reciben el encargo de eliminarlo. La amenaza lo empuja a esconderse y a planear una salida del país junto a su hijo.

En Recife, ciudad natal del director, Marcelo es acogido por un grupo clandestino que protege a perseguidos políticos. Bajo una identidad falsa, consigue empleo en una oficina estatal encargada de emitir documentos de identidad. Pero el entorno urbano se impregna de rumores y hechos extraños. Durante el carnaval, la policía aprovecha el caos para encubrir asesinatos. La aparición de una pierna humana en el estómago de un tiburón desata teorías delirantes en la prensa local, mientras el miedo colectivo se mezcla con supersticiones.

En su primera mitad, la película construye un fresco detallado del Brasil dictatorial. Mendonça Filho se detiene en los espacios: oficinas grises, archivos polvorientos, calles húmedas tras la lluvia tropical. La cámara se mueve con calma, como si quisiera registrar cada gesto cotidiano antes de que la violencia lo interrumpa. La duración, superior a las dos horas y media, permite que los personajes secundarios respiren. Una mujer mayor que administra la casa segura, un sastre extranjero marcado por la guerra, los propios sicarios que cumplen órdenes sin cuestionarlas: todos aportan capas a un relato que aspira a lo novelístico.

Es en la segunda mitad cuando la ambición formal empieza a generar tensiones. El entramado de identidades falsas, pistas ambiguas y quiebres cronológicos exige una atención constante que no siempre se ve recompensada con claridad emocional. La película parece disfrutar de su complejidad estructural, pero en ese juego corre el riesgo de enfriar el vínculo con el espectador. Algunos desvíos, como ciertos episodios casi oníricos o referencias cinéfilas muy marcadas, se sienten más como guiños autorales que como piezas necesarias del relato principal.

La representación de la violencia también plantea preguntas. Mendonça Filho alterna momentos de brutalidad súbita con escenas de humor negro y situaciones absurdas. Esa mezcla resulta estimulante por su audacia, pero a veces diluye el impacto político que la historia sugiere. El horror de la dictadura se filtra en detalles cotidianos, aunque el tono irónico puede restarle gravedad a algunos pasajes. En lugar de una denuncia frontal, la película opta por la insinuación y la metáfora, una decisión coherente con su propuesta, pero que puede dejar una sensación de distancia.

Con todo, “El agente secreto” destaca por la solidez de su interpretación central. Wagner Moura compone a un hombre cansado, inteligente y vulnerable, lejos del héroe convencional. Su Marcelo no lidera grandes discursos; sobrevive como puede, negociando silencios y pequeñas traiciones. La película encuentra su mayor fuerza cuando se concentra en esa dimensión íntima: la relación con el hijo, la memoria de la esposa muerta, la nostalgia de una ciudad que cambia. Ahí es donde el thriller se transforma en reflexión sobre identidad y pertenencia.

La nominación al Oscar reconoce una obra arriesgada, que no busca complacer sino inquietar. El agente secreto no es un thriller tradicional ni un drama histórico al uso. Es una película que exige paciencia y complicidad, que a veces se enreda en su propio diseño, pero que ofrece imágenes y momentos difíciles de olvidar. Mendonça Filho confirma su lugar como una de las voces más personales del cine brasileño contemporáneo, aunque su apuesta por la complejidad deje abiertas más preguntas que respuestas.

Mariana de los Ríos
26 de febrero del 2026

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