Christian Luján
Conservar la tierra es conservar la civilización
Proteger la patria también significa custodiar su territorio y su naturaleza
Desde esta trinchera se han analizado y defendido causas desde un enfoque claramente conservador. Esta visión política no sólo posee un marco de interpretación que defiende las instituciones, las tradiciones y valores heredados o aspectos básicos y fundamentales como la vida y la familia. El conservadurismo es una actitud frente a la vida, donde la prudencia aristotélica es su piedra angular y cuyos demás principios se complementan formando una coherencia armoniosa entre ellos; en ese sentido, esta mentalidad puede trasladarse a cualquier campo de la realidad. El día de hoy vamos a analizar, comprender y aplicar a un caso práctico, real y urgente paradigma político.
Para cumplir la tarea trazada en el párrafo previo debemos empezar por elegir nuestro campo a aplicar y este es el del medio ambiente. Es cierto que ciertos referentes de las nuevas derechas mundiales que poseen elementos conservadores en su accionar político suelen minimizar y en algunos casos contradecir o negar que nuestro planeta está pasando por una serie de cambios ambientales producto del fenómeno denominado como calentamiento global; no obstante, no son todos y un conservador coherente toma en cuenta lo que la data empírica le brinda a la luz de estos temas y aborda la situación para brindarle soluciones a la sociedad, ya que en su matriz ideológica yace el principio de defensa del bien común en clave comunitarista.
Para esto, debemos de traer a colación al gran referente conservador contemporáneo: Sir Roger Scruton quien en su texto Filosofía Verde aborda la temática del cuidado del hogar común y lo hace a través del concepto de oikofilia; en palabras de Scruton, esto de traduce como amor por el hogar, entendido no solo como vivienda, sino como paisaje, localidad y, en su versión amplificada, como nación y, por supuesto, su territorio; espacio que debemos asumir como nuestro y, en consecuencia debemos asumir personalmente el deber de cuidarlo.
Estas ideas pueden tener un eco incluso en la concepción de sociedad de Edmund Burke que describe en sus Reflexiones sobre la revolución en Francia como una alianza entre vivos, muertos y quienes aún no han nacido. Al introducir la causa medioambiental en esta definición se puede entender la siguiente idea: Recibimos de nuestros antepasados un patrimonio natural y cultural que no nos pertenece de manera absoluta, lo administramos temporalmente y debemos transmitirlo sin destruir sus condiciones de continuidad hacia nuestra descendencia y nuevas generaciones.
Desde esta perspectiva, un conservador debe ser también un conservacionista. Esto no es sinónimo de adherirse a un ecologismo antihumanista que representa al hombre como una plaga y pretende paralizar el desarrollo. El conservacionismo coloca al ser humano en el centro, pero no lo autoriza a saquear irresponsablemente su propia casa. Theodore Roosevelt, ex presidente estadounidense, advirtió que desperdiciar y agotar los recursos naturales, en vez de aprovecharlos de modo que aumente su utilidad, socava la prosperidad que tenemos el deber de legar a nuestros hijos y nietos. Así, la naturaleza no es un santuario intocable ni una cantera infinita, representa en realidad un patrimonio nacional que debe ser usado con prudencia, productividad y responsabilidad intergeneracional. De esta manera el desarrollo y la conservación no son incompatibles; un auténtico progreso satisface las necesidades presentes sin hipotecar las condiciones de vida de quienes vendrán después.
Esta responsabilidad también posee raíces cristianas. Francisco I, en Laudato si, enseña que el ambiente es un patrimonio común y que el dominio humano sobre la creación debe entenderse como una custodia responsable. Las comunidades pueden aprovechar los frutos de la tierra, pero tienen el deber correlativo de conservar su fecundidad para las generaciones venideras. Defender la casa común supone reconocer que las personas, la familia y la comunidad necesitan agua, suelo y aire sanos para prosperar. Algo básico, pero fundamental.
Ahora aterricemos este conjunto de ideas en nuestra realidad cercana y el caso puntual sale a relucir rápidamente: Los incendios forestales que actualmente golpean a nuestro país muestran las consecuencias de olvidar ese deber. Entre enero y octubre se han registrado alrededor de 385 incendios; Cusco, Cajamarca y Áncash concentran la mayor cantidad de emergencias. Solo los siniestros extinguidos entre el 4 y el 8 de octubre destruyeron 963 hectáreas en Cusco, 576 en Ayacucho y 806 en Puno. A ello se suma un déficit hídrico que llevó al Gobierno a declarar en emergencia 707 distritos de 17 regiones. Esto se traduce, lamentablemente, en vidas perdidas, ganado muerto, cultivos arrasados y familias rurales privadas de su sustento.
El Gobierno de la presidenta Keiko Fujimori ha desplegado bomberos, militares, helicópteros y sistemas de vigilancia de focos de calor. Esa intervención inmediata es necesaria, pero no ha sido suficiente. Un Estado serio no puede limitarse a llegar cuando los bosques ya arden. Debe anticiparse mediante mapas de riesgo actualizados, brigadas forestales permanentes, vigilancia satelital integrada, reservorios, cortafuegos, capacitación comunal y sanciones efectivas contra quienes provoquen incendios. También debe recuperar las áreas dañadas con especies nativas y transparentar públicamente los recursos destinados a prevención y restauración. El Gobierno debe respaldar a campesinos, guardaparques, municipios y comunidades como custodios activos del territorio y no tratarlos como espectadores de decisiones tomadas desde la capital. Pero para que esto sea posible el ideario previo debe estar inserto en las políticas públicas y debe aplicarse en el corto, mediano y largo plazo para no repetir tragedias como estas.
Una nueva derecha latinoamericana y conservadora digna de ese nombre debe unir orden, desarrollo y conservación. Gobernar no debe ser sinónimo de escoger entre producir o proteger, sino asegurar que el progreso tenga continuidad. Keiko Fujimori puede convertir esta emergencia en el inicio de una política nacional de prevención y custodia territorial. La patria también es la tierra que la sostiene y se forja cuidando y preservando el espacio común para el futuro y continuidad de la nación y de la civilización.
















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