Juan C. Valdivia Cano
Algunos rasgos del “hombre masa”
Conformismo, Ignorancia y la Crisis de la Individualidad en la Sociedad Contemporánea

El concepto de “hombre masa” de don José Ortega y Gasset, su creador, puede confundirse con otras acepciones que implican la denominación “ hombre masa”. La mayoría parece asociar ese concepto solo a las grandes y diversas aglomeraciones humanas de nuestro tiempo, que se producen diariamente en nuestras superpobladas ciudades de hoy, a los espectáculos deportivos, artísticos, políticos, etc.
No es que ese concepto no tenga nada que ver con la acepción orteguiana; al contrario, pero no hay que olvidar el hecho inseparable anejo a esa acepción: la extendida carencia de sentido de individualidad, fundida, por ejemplo, con los sentimientos de una fanaticada futbolera o rockera, etc. Sin embargo, eso no agota el concepto de Ortega, aun si forma parte de él. El fenómeno del “hombre masa” es poliédrico y multicausal, como veremos. Aquí no pretendo agotarlo, por supuesto.
El hombre masa no es solo el hombre medio, el hombre común, el hombre vulgar que se siente como todo el mundo, que piensa como todo el mundo, que cree en lo que todo el mundo y está orgulloso de ello. No se valora -no se evalúa- a sí mismo, positiva o negativamente. No se exige nada a sí mismo. No tiene grandes metas o ideales sino apetitos, (económicos, sociales, políticos, etc).
Se jacta de ser como los demás, orgulloso de su vulgaridad. Por eso suele ser colectivista e igualitarista, por eso idolatra al Estado y desprecia al individuo. Funde el sentido de individualidad, del que carece, con el del individualismo, que solo concibe peyorativamente, sin una definición clara y distinta de “individualismo” (con seguridad no es la de Ayn Rand).
Pero conviene empezar aclarando que el concepto orteguiano no puede ser confundido con el de clase social del marxismo: proletariado, burguesía -grande o pequeña- lumpen proletariado, etc. No es un concepto político-ideológico sino antropológico, psicológico, o simplemente filosófico. El hombre masa es un tipo de ser humano que puede encontrarse en cualquier grupo, clase, grande o chica, pobre o rica, negra o blanca, etc. Es el conformista e igualitario que detesta al crítico, al disconforme, al diferente, al singular: al individuo de carne y hueso. Por eso es colectivista y estatista, probablemente.
No tiene proyectos, vive al día, por eso no resuelve los problemas sino que los posterga. Ahora hay países masa, como se puede deducir. Eso está en la base del populismo político y la demagogia: el veneno mortal de la democracia. Eso explica que usen la violencia no como última ratio, sino como primera alternativa. “Acción directa”. No quiere dar razones ni las acepta, ni quiere, ni le interesa tener razón, o no tenerla. Solo quiere imponer su opinión a caballazo: es la razón de la sin razón. El derecho a no tener razón: un rasgo definitorio de este tipo de hombre.
Ese hombre aparece en un momento en el que el desarrollo de la cultura occidental logró un nivel de bienestar y de comodidad inaudito, con el auge de la industrialización y el desarrollo jurídico, filosófico, científico y técnico modernos, de lo cual es su consecuencia. El índice de pobreza antes de la revolución industrial era más del noventa por ciento en Europa. Ahora las masas en Europa y Norteamérica y otros países viven mucho más cómodamente que las clases altas de otra época, que las aristocracias y monarquías pre modernas, pero sin reconocer el enorme esfuerzo que esas comodidades han costado, producto de los méritos, de la creatividad e inteligencia de los hombres más capaces y destacados del pasado. No quieren saber nada de esa historia, no quieren saber nada de ese pasado.
Por eso no reconoce a la auténtica, la necesaria, la inevitable élite, a quien no hace caso, ignora y suplanta. Y el exceso de igualdad , que no entiende solo como igualdad ante la Ley, igualdad de derechos, no discriminación, sino, en muchos casos –confesos o no- como absoluta. Y la libertad entendida como “soy soltero y hago lo que quiero”. Ese hombre cree que todas esas comodidades que usufructúa con fruición, tienen un origen espontáneo, natural, como si hubieran existido siempre en todas las épocas. Por eso ignoran esos esfuerzos humanos del pasado. Solo gozan de sus beneficios. Por eso la ingratitud es una de sus señas, como la ignorancia de la historia propia y ajena.
Creen que todo lo merecen, que sus deseos son derechos per se, que nada deben y no son responsables de nada: quieren una cosa pero no su consecuencia. Como los niños mimados, exigen, reciben, pero no dan. No reconocen jerarquías en lo que concierne a la capacidad y el talento personal de las minorías selectas, de las elites genuinas a las que, repetimos , menosprecia y reemplaza en el liderazgo político social, a pesar de no tener ninguna capacidad, ni siquiera para gobernarse a sí misma, porque es básicamente mimética, simiescamente repetidora; ni crítica , ni creadora.
El hombre masa no es dueño de sí mismo. Carece de “sí mismo”. Como tiene la psicología del niño mimado, la expansión de sus deseos no tiene límites, porque no tiene consciencia de ellos, ni de sus deseos, ni de sus límites. Solo tiene y exige derechos (que creen eternos y naturales) no deberes. Niega la realidad, por eso solo ve lo que quiere ver, lo que le conviene ver. Es anómica, amoral y moralista (no in moralista, no crítica). Y ya están en el poder. ¿Alguna vez hemos estado tan así en este país?
Para que –por contraste- se haga más claro lo que es ese hombre masa, de La Rebelión de las Masas, se me ocurre que puedo citar a uno que es el antípoda de ese tipo de hombre, un hondo pensador francés, Vladimir Jankelevitch, hablando de derechos humanos
Yo no tengo derechos, solo tengo deberes. Y no tengo derechos sino porque usted tiene deberes frente a mi . En suma, yo no participo sino por chiripa de los derechos humanos en tanto que humanos. Porque ocurre que usted y yo tenemos exactamente los mismos deberes. Luego, los seres humanos tienen en primer lugar deberes, y lo único que importa son los derechos de los otros. (Entretiens avec Le Monde, Philosophes. Pág. 127. Editions La Decouverte).
Pero el tipo más inquietante de hombre masa, para Ortega y Gasset, es el especialista, el experto: “el bárbaro moderno”. Ese que conoce muy bien la porciúncula del universo en la que trabaja, como él dice, pero que en todo lo demás es como todos los demás, como la mayoría. Pero como sabe que conoce su especialidad, su porciúncula de universo, cree que puede opinar con la misma autoridad sobre cualquier otro tema, aunque no tenga que ver nada con esa su especialidad o experticia, que por su carácter es cerrada o bien circunscrita: motores de avión, por ejemplo.
Y eso es lo grave. El hombre masa no experto, no especialista, es presa fácil del “bárbaro moderno” . Nuestra política educativa actual es producto del diseño de un experto, por ejemplo, muy elogiado por la opinión pública; no de un sabio, o un pedagogo muy destacado –José Antonio Encinas, Constantino Carvallo, o León Trahtenberg, por ejemplo– sino de un tecnócrata. La actividad de la Sunedu y sus resultados son la consecuencia. ¿Ha mejorado un milímetro la calidad educativa con todo el ajetreo de la “acreditación”, después de tantos años? ¿No era para eso, entonces? ¿Para qué era?
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