Tambogrande, en Piura, ilustra el costo de bloquear la miner&i...
Si bien Juntos por el Perú y Roberto Sánchez han decidido lanzar todo tipo de artificios y propuestas para esconder su verdadero plan de gobierno, si bien han reclutado técnicos izquierdistas al paso con el objeto de desarrollar una operación de maquillaje y ocultar el papel de Antauro Humala y el Movadef –vinculado al maoísmo senderista–, el verdadero programa de la izquierda radical es la suma de las tragedias para el Perú.
Y a estas alturas, no existe la menor duda acerca de que la propuesta de la asamblea constituyente solo se justifica porque se pretende redactar un nuevo régimen económico de la Constitución y acabar con las reformas económicas de los años noventa, que construyeron la estabilidad y la viabilidad del país. En ese contexto, la autonomía constitucional del BCR y el papel de Julio Velarde son escollos a remover por la izquierda radical.
Antes de las reformas de los noventa, en el Perú se implementó uno de los mayores programas de estatizaciones de América Latina; es decir, el modelo velasquista. Durante el segundo gobierno de Fernando Belaunde y el primer gobierno de Alan García – en el marco de la vigencia de la Constitución de 1979– se mantuvo el modelo económico velasquista y el Perú, simplemente, se derrumbó económica y socialmente. En ese entonces, en el Perú existían 200 empresas estatales y el sector privado se había retirado de la minería, de la agricultura, de la pesquería y de la economía en general, luego del plan de nacionalizaciones y expropiaciones del gobierno militar de Juan Velasco Alvarado a fines de los sesenta.
Para precisar la gravedad de las cosas, por esas épocas las empresas del Estado vendían arroz, papa y cereales, y la gente hacía enormes colas para encontrar estos productos, tal como sucede en Venezuela y los países bolivarianos. La pobreza se extendió al 60% de la población y los controles de precios creaban mercados paralelos en donde la gente comerciaba al margen del modelo económico. El déficit fiscal del Estado sumaba cerca del 15% del PBI, no existía un Banco Central de Reserva autónomo y el Estado emitía moneda sin valor para financiar el gasto estatal.
Los resultados en economía fueron devastadores: una inflación de más de 7,000% anual, un retroceso del PBI de alrededor del 30% en tres décadas y reservas del BCR negativas en -US$ 150 millones. El Perú se convirtió en una sociedad con una mayoría de pobres, y las primeras imágenes en la región en donde la gente se comía sus mascotas en las ciudades se escenificaron en nuestro país. La primera tragedia del chavismo latinoamericano fue el velasquismo.
En ese contexto de destrucción económica nacional que causaba el estatismo emergió el terrorismo comunista de Sendero Luminoso que ensangrentó el Perú y desató muerte y destrucción en todo el territorio nacional, sobre todo en el área rural. De pronto, el Estado peruano se había convertido en un Estado fallido, incapaz de controlar el territorio nacional y la propia moneda nacional frente a hiperinflación galopante que acumulaba un incremento de precios mensual del 50% durante varios años consecutivos.
El Perú era inviable e, incluso, en los medios internacionales se especulaba sobre la posibilidad de fracturar el territorio nacional ante la posibilidad de un triunfo de Sendero Luminoso en los Andes. En otras palabras, el país estaba al borde del abismo, pero no se desbarrancó ni se fracturó. Las reformas económicas de los noventa nos salvaron de ese camino fallido, una verdad que nadie debería desconocer.
Sin embargo, por esos yerros del sistema político, por los fracasos del Estado en la distribución de la riqueza que producen las empresas y el sector privado, Juntos por el Perú y Roberto Sánchez levantan el viejo programa velasquista que nos llevaría a un devastador viaje al pasado.
















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