Maria del Pilar Tello
La nueva doctrina Monroe digital
¿Cómo preservar la autonomía de América Latina en un mundo tan polarizado?
La reciente reunión entre Donald Trump y Xi Jinping ha sido presentada como destinada a reducir tensiones comerciales y estabilizar la relación entre las dos mayores potencias del planeta. Pero detrás de los comunicados diplomáticos y de las fotografías oficiales se esconde la confrontación por el control político, económico y tecnológico del mundo. Y en ella América Latina ocupa un lugar cada vez más importante.
No es una nueva Guerra Fría en el sentido clásico, es una competencia global por mercados, recursos estratégicos, infraestructuras digitales, inteligencia artificial, datos y cadenas de suministro. La diferencia está en que el territorio ya no es el único espacio de poder. Hoy también se disputa el control de las redes, de los sistemas de información, de las plataformas tecnológicas y de los datos de millones de personas en el mundo .
En este contexto tiene especial relevancia la nueva doctrina de seguridad hemisférica impulsada por Trump y conocida en diciembre de 2025. Sus ejes son que América Latina ayude a combatir el narcotráfico, a contener los flujos migratorios irregulares y que se aleje de China. Este último objetivo marca una diferencia sustancial respecto de doctrinas anteriores. Por primera vez desde el fin de la Guerra Fría, Washington identifica de manera explícita a una potencia extrarregional como un competidor estratégico dentro del hemisferio occidental.
La preocupación estadounidense se deja sentir claramente, aunque la influencia china parece irreversible. Durante las últimas dos décadas China ha pasado de socio comercial secundario a ser uno de los principales actores económicos de la región. Brasil, Perú, Chile y varios países sudamericanos mantienen vínculos comerciales cada vez más estrechos con Pekín. Empresas chinas participan en proyectos mineros, energéticos, portuarios, ferroviarios y de telecomunicaciones. El financiamiento chino es una alternativa frente a los organismos tradicionales de crédito internacional.
China está construyendo influencia tecnológica. Centros de datos, redes de telecomunicaciones, infraestructura digital, sistemas de vigilancia inteligente e inteligencia artificial forman parte de una estrategia de largo plazo de consolidarse en sectores críticos para el futuro.
Desde la perspectiva estadounidense, este avance representa una amenaza geopolítica. Desde China, constituye la expansión natural de una potencia económica global. Ambas interpretaciones colocan a América Latina como escenario prioritario de la atención de dos gigantes.
Ninguno de ellos parece dispuesto a renunciar a espacios de influencia, ambos buscan consolidarlos. Washington intenta recuperar terreno en la región que históricamente consideró parte de su esfera estratégica. Pekín profundiza vínculos económicos y tecnológicos que le permiten proyectarse más allá de Asia.
América Latina corre el riesgo de quedar atrapada en una lógica binaria que la obliga a escoger entre uno u otro polo de poder. Durante gran parte de los siglos XIX y XX la región vivió bajo distintas formas de dependencia económica, política e ideológica. Repetir ese esquema significa renunciar a un destino propio.
La cuestión central no es si China o Estados Unidos ofrecen mayores ventajas inmediatas. La pregunta es cómo preservar la autonomía estratégica de la región en un mundo tan polarizado. Ningún país latinoamericano tiene capacidad suficiente para negociar en condiciones de igualdad con las grandes potencias. Pero una América Latina articulada, coordinada y consciente de sus intereses sí podría hacerlo.
Así reaparece con sorprendente actualidad el viejo sueño de Bolívar, la integración latinoamericana como una necesidad geopolítica. Frente a potencias que operan con estrategias de largo plazo, la fragmentación regional constituye una debilidad estructural además de ser inoperante en un mundo de bloques.
La disputa no se limita al comercio. Incluye la soberanía tecnológica. ¿Quién controlará los datos de nuestros pueblos? ¿Quién desarrollará los algoritmos que influyen en nuestras decisiones económicas y políticas? ¿Quién administra las infraestructuras digitales de las que dependen nuestras futuras generaciones? Estas preguntas son tan importantes como las relacionadas con el petróleo, el cobre o el litio.
La competencia entre Washington y Pekín se extiende al espacio digital. Podría hablarse de una nueva Doctrina Monroe digital destinada a preservar la influencia estadounidense sobre las infraestructuras tecnológicas, económicas y estratégicas del continente frente al avance de China.
La respuesta latinoamericana no debería ser el alineamiento automático ni las confrontaciones estériles. Nos toca construir capacidades propias, fortalecer la integración y desarrollar una visión común sobre inteligencia artificial, datos y soberanía digital.
No se trata de elegir entre Washington y Pekín. El desafío es más complejo y trascendente: decidir si se convertirá en un bloque integrado para resistir las ambiciones bipolares. Y si tendremos estadistas que así lo vean.
















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